CUÑADO
A pesar de sus recientes diferencias, Salamandra y Grillo compartían un sentimiento: el miedo.
Fueron trasladados a la estancia de la casa de doña Apolonia. Los 4 hermanos organizaron una reunión de emergencia, la cual parecía más bien un juicio, uno injusto, ya que los acusados no poseían derechos ni mucho menos defensores. Fueron detenidos por atentar en contra de uno de los valores sagrados de los Sánchez Peñaloza: la hospitalidad.
A los chicos se les permitió sentarse en un taburete cada uno, en medio de la estancia, mientras los hermanos presidieron el juicio desde una sala que fue acomodada para rodearlos por completo, eliminando así la más mínima posibilidad de escape. Recargaron sus espaldas el uno en el otro, lo que les permitió sentir mutuamente sus respiraciones, sus espasmos, sus temblores, sus escalofríos y hasta sus latidos, tan impetuosos que si no arrojaban el corazón por el pecho lo habrían hecho por la espalda.
Nadie se atrevía a tomar la palabra hasta que Apolonia lo permitiera. El primer permiso le fue concedido a Renato, quien arremetió contra ambos pillos por haberse entrometido en el seno familiar mediante engaños. Dado que la consideraba una afrenta imperdonable, propuso que el castigo fuera ejemplar y para él no hay nada más ejemplar que las violentas consecuencias que provoca una mentira. Apolonia lo pensó, pero no le dio respuesta.
El segundo en tomar la palabra fue Jorge, un tipo casi siempre centrado y observador. Estaba de acuerdo con Renato, sin embargo, lo ejemplar para él no era el castigo violento, sino la reparación del daño: cobrarles una multa que podrían diferir en 12 o 24 pagos le pareció sensato. En caso de no pagarla o atrasarse en uno de los pagos, la violencia ejercería su autoridad, pero para no llegar a esos hostiles métodos, se ofreció afable a basar su acuerdo en una confianza mutua que, por su propia conveniencia, no debían quebrantar. Está de más mencionar que para ese momento el miedo de los muchachos llegó a niveles imposibles de calcular.
Apolonia no dio muestras de inclinarse todavía hacía ninguna propuesta, debía escuchar a todas las voces como la líder justa que era. Giró la vista para presionar al mayor de la familia, Arturo, quien con una mano temperando su cachete, y con la vista fija pero ausente, no se mostraba muy dispuesto a articular. Su hermana se lo esperaba, pero no lo toleraba.
— Arturo.
— ¿Eu?
— ¿Estás aquí?
— Sí. Estoy pensando en las propuestas.
— No deberías estar pensando en ninguna otra propuesta más que en la tuya.
— No. Yo paso.
— ¿Disculpa?
— Habla tu primero.
— ¿Desde cuándo hacemos eso?
— No voy a hablar, Apolonia.
— Ah…
Apolonia lo sabía, algo pasaba con su hermano mayor, su más grande apoyo en las decisiones difíciles, desde que conversó con Grillo en los interiores de la casa. Obligarlo no serviría de nada. Arturo es una persona que da resultados cuando la confianza impera en su criterio. Un simple titubeo suyo podría desequilibrarlos a todos.
— Está bueno. Pero si no tienes nada que decir después de que yo hable no te volveremos a considerar en futuras decisiones. ¿Está bueno?
— Está bueno.
— A ver, ¿por dónde empiezo? —La voz ronca de la tía Zopilota hacía disonancia con el chasquido de sus uñas de acrílico, mientras que había pasado el suficiente tiempo para que la respiración de los enjuiciados se sincronizara—, un par de cabroncitos no pude atreverse a abusar de nuestra confianza. Eso no lo voy a perdonar. Me dijeron que son adultos, ¿no?
— No.
— Ya casi, pero no.
— ¿No? ¿Cuántos años tienen, par de escuincles?
— 16.
— 17.
— ¡Ah, su madre! Bueno, cómo sea ya están grandecitos, ¡eh!, no son unos niños. Unos niños mensos cualquiera no se arman plan así como éste. Son muy listos, tienen buenas intenciones, pero la cosa es que nosotros no les pedimos ningún favor. El fin no justifica los medios ni aquí ni en China. Se metieron en asuntos del corazón, ahí donde duele de veras. Ya sé por qué lo hicieron, pero me interesa saber cómo supieron de nosotros.
— No les vamos a decir —respondió Grillo, con los dientes castañeando, con la articulación poco inteligible, con los temblores de un chihuahua, pero con una integridad que hasta hace unos minutos se encontraba extraviada.
— ¿Están protegiendo a alguien? —El muchacho se cruzó de brazos y apretó los labios.
— Sí. Sí les vamos a decir —dijo Salamandra, con los mismos síntomas de Grillo, pero también agotada por todo el drama, desesperada por culminarlo cuanto antes, y sorprendiendo a su compañero, quien creyó que su respuesta la había dejado satisfecha.
— No. No les digas. Dijiste que no lo íbamos a hacer.
— ¡Qué más da! Este pedo es entre ellos, ¿no?, ¿quieren joderse entre ellos?, pues que se jodan —el coraje parecía devorarse al miedo.
— Chamaquita babosa: el momento de dejarte pasar las majaderías ya fue, eh, cuida bien lo que dices porque ahora sí me vas a conocer.
— Soy amiga de su sobrina Carolina. Conozco a su papá desde hace algún tiempo, obviamente también a su hermana. Escuché el problema de su papá porque él se acercó a contármelo, sin que yo se lo pidiera, el señor está destrozado por culpa de ustedes. Entiendo lo que pasó, pero a mi juicio es una situación que se puede solucionar si ambas partes conversan con honestidad. No es mi problema, ya sé, pero mi amigo y yo nos hicimos el propósito de ayudar a lograr que las cosas sucedan. Hasta ahora hemos logrado mucho, cosas difíciles, que me sorprende haber logrado. Pero no nos habíamos topado con alguien que no estuviera dispuesto a ser ayudado. En ese caso no podemos hacer nada. Me retiro de esta misión. Hice lo que pude.
— No estoy de acuerdo —respondió Grillo, cada vez menos titubeante.
— No me importa.
— Sí te importa porque hay alguien que sí está dispuesto a completar la misión.
— Tú no cuentas.
— No estoy hablando de mí —los chicos despegaron sus espaldas para darse la vuelta y mirarse de frente.
— No. Está hablando de mí —dijo Arturo con la voz hosca que llevaban un rato sin escuchar, despegando la mano del cachete y reavivando su mirada. Salamandra entrecerró los ojos.
— Arturo, cállate —decretó su hermana menor.
— Dijiste que tenía que hablar a la de a huevo después de ti, ¿no?, pues ahora te aguantas.
— Más te vale que me guste lo que estás a punto de decir.
— No te va a gustar: yo sí me quiero reconciliar con mi papá.
— ¡Ay, por Dios santo, no seas ridículo!
— Te lo juro.
— ¿Tú? ¿El que fue el primero en proponer mandarlo a la chingada?
— Ese mero.
— ¡Ah, no! Pues entonces has de creer que somos pendejos.
— Mira, Apo, yo te respeto y quiero, al igual que a mis brothers, pero no puedo sostener una decisión que divida a la familia, aunque la haya propuesto yo.
— La familia está unida.
— No te hagas
— El señor Ibraham y la señora Azucena ya no son parte de esta familia.
— Lo son, aunque no queramos.
— Si quieres dejar de ser parte de la familia también nomás dinos y ya.
— No te conviene.
— ¿Por los negocios?
— Porque sin mí no vas a poder con esta familia.
— ¿Quieres ver que sí?
— ¿Quién te va a apoyar? ¿El inútil de tu marido? ¿El inmaduro de Renato? ¿El hipócrita de Jorge? —Las palabras eran duras, pero ninguno de los citados se ofendió ni negó los calificativos. La duda transpiraba a través de las gotas que barrían lentamente con el rubor y el rímel de Apolonia.
— ¿Tú crees que necesito de un hombre para mandar en esta familia?
— No de un hombre, de un hermano… y de una hermana. Sobre todo de una hermana. Cuando estaba Azucena las decisiones se sentían equilibradas. Entre los 3 llegábamos a mejores acuerdos. Ahora hacemos todo lo que tú dices porque nadie se atreve a decirte que no.
— ¿Y por qué nadie se atreve a decirme que no, collones?
— Porque la última persona que lo hizo fue expulsada de esta familia.
— Y si yo soy una dictadora, ¿por qué nos va tan bien en nuestras vidas?
— Económicamente nos va de maravilla, no me quejo, pero la verdad, la mera verdad, sí me siento un poquito apenado por cómo lo hemos conseguido —aunque hubo risas sarcásticas de los otros 3 hermanos, sus miradas tambaleantes dejaron saber que la aseveración de Arturo no quemaba pero sí ardía.
— Ahora resulta que te vas a quejar.
— Fíjate, hermana, hay algo muy cierto: ¿desde cuándo empezamos a hacer estas cosas?
— Desde siempre.
— No, no, no. Desde que se fueron mi papá y Azucena.
— Ah, fíjate nomás. Ahora resulta.
— Si no eres capaz de ver el equilibrio que se forma cuando una familia está unida un día se te va a caer todo lo que estás sosteniendo. No porque seas muy chingona lo vas a aguantar todo el tiempo.
— Bueno, pues si ya te remordió la conciencia y quieres volverte un santo te sacamos del negocio y tan-tán.
— A lo mejor, eh, a lo mejor sí me salgo, pero más que nada, ahorita en este preciso momento, lo que no quiero es cargar con la conciencia de haberme pasado con unos chamaquitos como éstos.
— Ah, mira… Zacatito pa’l conejo.
— Apolonia: déjalos ir. ¿No acabas de decir que “el fin no justifica los medios ni aquí ni en China”?
— No me digas a mí, díselo a tus hermanos —Jorge y Renato formaron una barrera entre los muchachos y Arturo. El hermano mayor se plantó frente a ellos sin contener ni un poco su desmedida corpulencia, con la mirada fija hacia el punto de embestida.
— ¿Apoco sí, mis cabrones? ¿Apoco sí le van a jalar los cuernos al toro? —Apolonia, riéndose y moviendo la cabeza con vaivén negativo, sin poder creer lo que estaba atestiguando, hizo una seña con el dedo índice para que la barrera humana se disolviera. Gallo y Renacuajo abrieron paso y la prisión de La Dulce Compañía se hizo polvo.
— En serio no puedo creer qué te habrá dicho este chamaco hace rato aquí adentro que te cambió tanto en unas horas, o qué le habrás visto a esta mocosa para sentir compasión por ella. Una cosa sí te digo, Arturito, los voy a dejar ir, pero ni madres que vamos a perdonar a mi papá y a mi hermana.
— ¡Ándale, pues! Entonces ya no los hagas perder su tiempo.
Todavía sin decir una palabra, Salamandra y Grillo se detuvieron en la parada que se encontraba afuera del fraccionamiento. Grillo le hizo la parada a la combi y Salamandra no dio muestras de subirse.
— ¿No vas para la colonia?
— Me voy a esperar a la otra.
— ¿Tan enojada estás?
— Vete con cuidado.
— Ya no nos vamos a ver entonces.
— Fracasamos, Román. No tienen caso seguir con esto.
— ¿Era lo único que te mantenía cerca de mí?
— Tú sabes bien que sí.
— Pues vete con cuidado, Cristal.
La combi comenzó a avanzar debido a la desesperación de los demás pasajeros. Román cerró la puerta y vio por el cristal trasero a su excompañera hacerse más pequeña mientras desaparecía en un punto de fuga recóndito.
Llegó a su casa ya entrada la noche, con el estómago rebelde y la idea de los guisados de Granito exprimiéndole la lengua. Sacó sus llaves y se aguantó los calambres en el corazón para que su abuela no le interrogara con angustia. Puso su mejor cara cuando abrió la puerta, pero la máscara se cayó inmediatamente cuando presenció una escena escalofriante.
— Granito, ¿qué está pasando?, ¿estás bien?... ¡Granito!
— Ja, ja, ja. ¡Tranquilo! Nomás está dormida.
— ¡Sálganse de mi casa, cabrones!
— Tranquilo, tranquilo. Tu abuelita nos dejó pasar.
— Nomás estábamos esperando a que llegaras, cuñado.
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