GRILLO

La radiación ultravioleta ensangrentó mis ojos por unos segundos, pero al escurrirse la niebla roja con tres parpadeos noté que frente a mí estaba un cráneo envuelto en una greña oxigenada de las puntas y con las raíces ennegrecidas. 

Medía lo mismo que siete chihuahuas encimados, pero aun así se atrevió a desafiarme: “¿qué me ves?” y se empezó a carcajear casi atragantándose con los gruñidos de puerco que emitía.

“Yo nada”, le dije, y también me empecé a reír, ¿qué más podía hacer? Era una persona sumamente cagada; agradable, eso sí. Al sonreírle sentí una satisfacción sólo equiparable a pisar una hoja seca o tronar una bolita en un hule espuma, entonces supe que podíamos ser amigos.

   Román.

   Cristal.

Las manos se estrecharon.

   ¿Y si te dijera que no tienes cara de Román?

   Me gusta tu patineta.

   Creo que te llamaré Grillo.

   ¿Te gusta mi bici?

   No me gustan las bicis BMX.

   Yo la cromé.

   ¿Qué haces aquí?

   Voy a las rampas.

   Yo también.

Martes a la 1 de la tarde. No había nadie en las rampas. Le di a la bici un rato y noté que ella practicaba trucos nuevos; me preguntaba cuál era la manera correcta de hacerlos, pero yo no le respondía.

Después de media hora le salieron algunos. Yo no sé sus nombres. Me caí por verla dominar con facilidad la rampa más alta.

   Te sorprendí, ¿verdad?

   Creo que me va a quedar una cicatriz.

   Una más para la colección.

   Le das chido.

 Ya lo sé. De hecho, hoy venía a practicar; no quería impresionarte.

   Mejor me siento. No se para el sangrado.

   Creo que ya me voy.

   No.

  Bueno, entonces me quedo. Hay una araña saliendo de tu oreja.

   Son pelos.

   ¡Qué asco! Parece un nido.

   No los jales.

   ¿Por qué no te los arrancas?

   Sí lo hago, pero crecen muy rápido.

   Eres un fenómeno.

   Creo que sí. Los corto cada tercer día.

   ¿Alguna vez te los has dejado crecer más de tres días?

   Nunca.

—   Imagina hasta dónde te llegarían si lo hicieras. Tal vez hasta el cuello. En un mes te llegarían al ombligo, en seis meses a las rodillas. Te atorarías en todos lados. Cuando fueras al baño se meterían en la taza. Olerías a meados. Taparías la coladera de tu regadera. Seguro que un tlacuache anidaría ahí adentro. Te parecerías al tío Cos…

   ¿Tienes tatuajes?

   No.

   Yo tampoco.

Se puso de pie de un salto. Miro al horizonte dándome la espalda. Dobló ligeramente las rodillas. Abrió el compás con las puntas de los pies hacia afuera. Apretó los puños y gritó propagando un eco que peloteó en las seis rampas: “¡Lo único que deseo en este momento es hacerme un tatuaje!”. Yo me tapé los oídos y fruncí el ceño.

   Pues háztelo.

   No puedo —hizo un puchero.

   ¿Por qué?

  Veamos, ¿por dónde empiezo?: mi mamá me mataría, me expulsarían de la escuela, no conseguiría trabajo, la sociedad me marginaría… ¡Ah! Se me escapaba un pequeñísimo detalle: no tengo dinero —hizo dos pucheros seguidos.

   Pues no veo el problema.

 ¡Meh! Tienes razón, yo tampoco —volvió a camuflar sus gruñidos de puerco con una carcajada.

 Deberías hacértelo hoy, si no tienes ningún plan para la tarde.

  No. Ya hablando en serio: el dinero realmente es un problema.

   ¿Cuánto cuesta un tatuaje?

   No lo sé porque ¡nunca me he hecho uno!

   Pues yo traigo en la bolsa 1000 pesos.

   Ajá… —parpadeó dos veces seguidas.

   Para prestártelos.

   ¡No!

   ¡Sí!

   ¡No! ¿Por qué?

   Me gustaría ver cómo hacen un tatuaje.

   No me prestarías 1000 así de fácil.

   Tienes razón, no te los voy a prestar, te los voy a regalar.

   ¡No!

   ¡Sí!

   ¿Trabajas? Te los robaste, ¿verdad, Grillo?

  Arreglo celulares con mi tío. Tenía unos ahorros. Iba a comprar unas piezas para la bici, pero me emociona más ver cómo se hace un tatuaje.

   ¿Seguro?

  El dinero va y viene. El siguiente mes compro los accesorios.

   No te lo voy a pagar, Grillo.

   Es la tercera vez que me dices Grillo.

   No tienes cara de Román, tienes cara de Grillo.

  Entonces yo también te pondré un apodo de animal. Mmm… ¡Lagartija!

   ¡No! Las lagartijas son feas, los grillos no.

   Bueno, entonces serás Salamandra.

   De acuerdo.

Volvimos a estrechar las manos. Me ayudó a levantarme. La sangre sobre mi espinilla estaba seca. Después de darle un pisotón en la orilla de la tabla, atrajo la patineta hacia su mano como si estuviera imantada. Yo brincoteaba como canguro sobre la bici en dirección a la diagonal que apuñalaba al atardecer.  

Nos metimos en el primer estudio de tatuajes que encontramos. No puedo decir cuánto tiempo estuvimos ahí. Las horas me parecieron minutos. Ella eligió tatuarse una rana, dijo que era su animal favorito. El bicho ese estaba caricaturizado, tenía los ojos saltones más grandes que sus ancas, vestía un pantalón vaquero, unos patines con ruedas paralelas y un sombrero de mago. Saltaba hacia el infinito haciendo gala de su gimnástica anatomía. Era una completa tontería, la cosa más estúpida que jamás había visto; inmortalizada sobre su antebrazo, comenzó a refulgir como si la hubieran marcado con hierro. Salamandra lloraba, evidentemente se cagó del dolor, pero tenía la impresión de que un alto porcentaje de sus lágrimas escurridas podrían saber a algarabía, si las probara. Nunca en mi vida había visto un semblante tan azucarado como el suyo. Los dientes me empezaron a doler y mi sangre seca se empezó a cuartear en mi rodilla hasta desmoronarse en el aire contaminado. Un espasmo me forzó a escupir un par de risillas atoradas en mi tos flemosa. Yo no estaba bien y Salamandra lloraba y lloraba de júbilo; miraba su tatuaje con ternura, lo olfateaba, lo acariciaba con su voz. Se mecía en un arrullo de dolor placentero. Ese día conocí la felicidad, Salamandra me la mostró.  

Salimos del estudio sacudiéndonos los espasmos, alaciando nuestra piel china y buscando una paletería de La Michoacana para ir a celebrar con un beso de ángel. Teníamos la serotonina tan alborotada que no tuvimos tiempo para prestarle atención a la persona que nos observaba fijamente desde una esquina.


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