CUMPLEAÑOS
El día en que yo nací nacieron todas las flores y en la pila del bautismo cantaron los ruiseñores. Honestamente me parece un poco exagerado que todo eso haya pasado un 2 de abril de 2006, el día en que yo nací, pero es lo que se canta aquí en México justo antes de que te entierren en el abismo de un pastel.
Ayer fue mi cumpleaños 18 y lo fuimos a celebrar al restaurant-bar Colegialas. La idea fue de Arturo, a quien durante un tiempo le llamamos Toro. Llevo unas semanas trabajando con él y con sus hijos más chicos administrando locales en la Central de Abastos. Nunca había hecho un trabajo de oficina. Ni siquiera sabía que era bueno para esto, pero él confió en mí para ser su asistente y me ha estado enseñando varios secretos sobre la administración.
Dejó los negocios que tenía con su hermana y desde entonces no la ha visitado, pero no le hace falta. Veo las cantidades de dinero que se mueven en este trabajo y realmente me sorprende que antes ganara mucho más. Gracias a ese dinero ayer fuimos a celebrar mi cumpleaños a dicho tugurio. También gracias a eso pagamos la mordida del cadenero, pues aún no cuento con mi credencial para votar y no me querían dejar pasar.
Nunca había estado en un lugar así. El neón, los láseres, el incienso artificial. Las paredes sudaban, los vasos sudaban, los meseros sudaban y los clientes sudaban. La música se oía distorsionada y el humo de cientos de cigarros invadía mis pulmones.
Pedí un ron con refresco de manzana; la mesera, una mujer de unos 45 años con un disfraz de colegiala me lo fue a entregar. Me pidió que le invitara un trago y Arturo me dijo que yo podía invitar lo que se me diera la gana porque era mi cumpleaños, así que le pidió una copa a la señorita; sólo le falto preguntarme que sí yo quería que lo hiciera.
Kassandra —así se llamaba la colegiala— se sentó a mi lado y quedé un poco lejos de Arturo y sus hijos: Roque y Germán. Se portó muy amable conmigo. Me dijo que me haría algo que nunca me habían hecho y fue verdad: me trató con demasiada amabilidad. Me pidió permiso para fumar y no se lo negué. Ella no se cansaba de hablar. Jamás había mantenido una conversación por tanto tiempo. Nadie se había interesado tanto en mi vida. Nunca me habían puesto una mano en la entrepierna. Cuando lo hizo sufrí una erección fortísima, tanto que hasta me dolió. Ella comenzó a reírse. La pena hizo que se bajara. Kassandra fingió un puchero y me dijo que no me pusiera nervioso.
El objetivo de Arturo era que esa noche perdiera mi virginidad. “Es tu regalo de cumpleaños”. Pero fallé. No pude y no supe cómo empezar. Kassandra se cansó de motivarme. Me dijo que no me preocupara, que esas cosas pasaban. Yo derramé un par de lágrimas sobre su escote. Me abrazó calentando mi cabeza con su pecho. Pude sentir su corazón, su sangre, sus huesos. Cuando me soltó lloró una lagrimita y la secó antes de que se le corriera el rímel. “Esto queda entre nosotros. Te prometo que no lo diré nada a tu tío”. Le agradecí su complicidad.
Cuando volví a la mesa todos me celebraron. El bar me invitó dos cubas. Me levantaron por el aire y vitorearon mi nombre. “¡Viva Grillo el desvirgado!”. Les dije que ya no me llamaran Grillo, que mi nombre era Román. “Campeón: te acabas de convertir en un hombre. ¡A la chingada con el Grillo! Nunca más te volveremos a decir ese pinche apodo pendejo. ¡Viva Román el desvirgado!”. Me levantaron tan alto que casi beso el techo.
Salimos a las 2 am del bar. Arturo estaba demasiado pedo. Yo no me sentía en condiciones. Roque se ofreció a manejar, pero entre balbuceos su padre lo detuvo con autoridad. “¡Ni se te ocurra manejar borracho, cabrón! No sabes lo que puedes ocasionar”. Germán nos llevó a la casa.
Desde que llegué aquí me dejaron quedar en un cuarto de servicio donde antes dormía una empleada doméstica. Justo cuando me acosté escuché a Lola Rosa, la esposa de Arturo, discutir con él por llegar oliendo a perfume de mujer. Comenzaron a golpearse. Vomité 5 veces seguidas. Nadie entró a preguntar si estaba bien.
Mi papá nos abandonó cuando yo era un bebé. Se fue a vivir con su otra familia, a la que después dejó por una mujer joven, a la que después dejó por una señora casada y con hijos. Eso fue lo último que supe de él. Mi mamá se murió cuando estaba muy chico. Una extraña enfermedad respiratoria la apagó. No se pudo despedir de mí porque yo estaba en el kínder cuando eso pasó.
Granito se convirtió en mi nueva mamá. Desde que la conozco es viejita, sólo que ahora tiene el cabello más pálido, las manos más secas, la espalda más pandeada y la voz más transparente. Pero a pesar de su deterioro, Granito nunca se ha quebrado. Me cargaba con facilidad. Me cocinaba todos los días. Me llevaba y me recogía de la escuela. Jugaba conmigo. Me enseñó a trabajar. Yo me salí de la secundaria para apoyarla cuando se enfermó, pero una vez recuperada hizo todo lo posible para que regresara a estudiar. Hasta que le dije que no me gustaba ir a la escuela y lo entendió mejor que nadie.
Una vez me llevó a la playa sin que yo se lo pidiera. Le pregunté que por qué lo había hecho. “Pues nomás. ¿No te gusta o qué?”. Le dije que gracias. La noche en que llegamos a la playa, a la orilla del mar, me abrazo, me dio un beso y me dijo con esa voz tan calientita que sólo ella tiene: “Si puedo hacer que algo se haga, no me voy a quedar con las ganas”. Y no, nunca se quedó con las ganas de nada.
Hace 3 años mi tío Amaro se fue a vivir con nosotros. Según él lo hizo para ayudarme con Granito, pero yo no necesito ayuda porque ella es autosuficiente. La verdad es que lo hizo porque no quería estar solo tras la muerte de su esposa Katia, una de las hijas de Granito. Lo aceptamos en la casa y nos entendimos muy bien para vivir ahí los 3 sin problemas.
Yo jamás me había portado mal hasta hace unas semanas cuando me peleé con el hermano de Cristal. Me siento muy apenado con Granito. Todavía no me atrevo a volver a verla a la cara. El tío Amaro tampoco se merece esto.
Le escribí a Arturo para pedirle trabajo y me dio un hogar. Definitivamente estoy rodeado de gente que logra las cosas. Espero algún día poder ser así.
La Dulce Compañía era una misión con la que me sentía comprometido. No entiendo cómo se destruyó de pronto.
Jamás pensé en volver a hablar con Cristal. A veces miro nuestras conversaciones con pena. Estoy muy decepcionado de ella y ella de mí. Hace poco me dejó de aparecer su foto de perfil y no la veo en línea. Seguramente ya me bloqueó. Entiendo que lo único que nos mantenía unidos era nuestra misión, pero…
Alcohol, mujeres, trabajo, familia, nostalgia, tristeza, muerte, sexo, decepción, fracaso. Todo se me revolvió en el estómago. Volví a vomitar otras 5 veces. Ahora sí entró Arturo a la habitación.
— Ven, güey.
— ¿Qué pasó?
— Vámonos a dar una vuelta.
— ¿Estás bien?
— ¡Estoy hasta la madre de esta pendeja!
— ¿Vamos a dar una vuelta en el carro?
— Pu’s sí.
— Pero estás pedo.
— ¿Y tú?
— Acabo de vomitar —se dio cuenta de que estaba pisando un enorme charco de vomito.
— Puta madre. Entonces vámonos caminando. Tráete una chamarra.
No caminamos mucho porque nos empezamos a congelar. Entonces nos metimos al carro. Lo encendimos, pero no arrancamos. Pusimos el aire acondicionado y un poco de música.
— Pinches viejas, ¿no?
— Ajá.
— Qué bueno que tú estás soltero. Bueno, igual andas triste por haber cortado con tu novia.
— No mucho.
— Ojalá todas fueran como la Kassandra, ¿no?, bien saborosas y dispuestas a darle a uno lo que busca.
— Ajá.
— ¿Te gustó tu regalo?
— Este…
— No me digas que no te gustó la Kassandra. ¿O te trató mal?
— No. Al contrario.
— ¿Entonces por qué pones esa cara?
— Pues la verdad no pasó nada.
— A mí me pasó apenas con mi vieja.
— Uy.
— El día que te conocí. Yo creo que tú me contagiaste, cabrón.
— ¿Apoco?
— Sí, después de que se fueron tú y la Salamandra.
— Cristal.
— ¡Ah, sí es cierto! Que ya no le diga así. Bueno, el chiste es que regresando a tu humilde casa…
— Gracias.
— … Yo quería que mi vieja me cumpliera, pero el que no le cumplió fui yo. Ni le importó y empezó a roncar a los 5 segundos.
— ¡Híjole!
— De por sí ese día andaba medio alterado por lo que me dijiste.
— ¿Qué cosa?
— Pues lo que me contaste de tu papá. Me quebró un poco. Honestamente, tu papá fue un culero y no lo odias.
— Pues siento que no tiene caso.
— Y yo al mío sí lo odio, a pesar de que siempre fue bueno con nosotros, pero está cabrón que le perdone lo que le hizo a mi mamá.
— Pienso que uno no es responsable de los accidentes.
— Pero sí fue responsable de haber manejado pedo.
— ¿Alguna vez has pensado que su accidente pudo haber sucedido aunque no estuviera pedo?
— Eso es una suposición que no va a salvarlo de su error. La cosa es que ya no estoy tan seguro de que una cagada ensucie todos tus aciertos. No lo había pensado hasta que tu ex me preguntó que si me gustaba mi nombre. Me pusieron el nombre de mi abuelo, a mí papá le iban a poner así, pero mi abuela no quiso. Mi abuelo era un cabrón hijo de la chingada. Yo lo odiaba, pero mi papá, conociendo su historia, sabía que había una causa para que fuera así; por eso me puso su nombre, porque para él no representaba algo negativo. Creo que mi papá piensa más o menos igual que tú. Los rencores nomás te pudren el alma. Eso de odiar a mi papá fue una imposición de mi hermana y yo cedí porque estaba muy dolido.
— ¿Lo vas a ir a buscar?
— No sé. ¿Tú qué piensas?
— Que tengo un chingo de frío.
— Ja, ja. Sí es cierto. Mejor vamos a meternos.
— Pues que descanses, Toro.
— Tú también. Ya se acabó tu cumpleaños, pero espero que te haya gustado tu regalo.
— A lo mejor el próximo año podemos ir a otro lugar.
— Ja, ja. Lo que quiera el jotito.
A lo mejor Toro sí piensa que soy jotito porque no quiero regresar a ese bar, pero la verdad es que me gustan las mujeres. Sólo que hace mucho no me gusta nadie. No he tenido muchas novias, pero siempre había alguien que me gustaba. Ahora no. Puede que haya estado tan distraído con el trabajo, con cuidar a Granito, con practicar en la bici y con la misión. Pero eso ya se acabó y por eso Cristal ya no me habla, porque era lo único que la mantenía unida a mí, interesada en mí, cerca de mí, pensando en mí. Ahora ya no piensa en mí, por eso no me aparece en línea. Por eso yo no pienso en ella, pero pienso que ahora mismo que digo esto es porque sí estoy pensando en ella. Tal vez debió haberme felicitado por mi cumpleaños.
Comentarios
Publicar un comentario