CANARIO

Yo pensé que ya no nos íbamos a ver.

¡Cómo! Ay, no es cierto. Qué exagerado eres.

Pues ya me habías cancelado varias veces.

No fueron tantas.

Fueron 10.

¿Las contaste?

Sí.

Perdóname. Ya sabes cómo es esto de ser mamá… bueno, papá, en tu caso. 

No lo sé. No soy papá.

¿No tenías un hijo?

No. A lo mejor lo estás confundiendo con mi sobrino, Román.

¿Ya nunca tuviste hijos?

No. Me quedé viudo y sin hijos. ¿Cómo ves?

Bueno, pero todavía eres joven.

¿Crees? A lo mejor todavía estoy a tiempo de volver a encontrar el amor, de encontrar una familia.

Ja, ja.

Amaro tamborileaba los dedos sobre la mesa con la mano izquierda, el brazo derecho colgaba del respaldo de la silla. Se mordía el labio mientras observaba a Talía, su amiga de la secundaria, pasarse el cabello detrás de la oreja y reírse nerviosa. Tenía años que no la veía, pero se animó a escribirle por Facebook y le volvió a insistir que salieran. Ella por fin aceptó. Él tenía claras sus intenciones. De no haber sido por una ráfaga de mensajes que aterrizaron en su celular haciendo retumbar la mesa se las habría declarado una por una. 

¿Y eso?

Está raro. Nadie me escribe.

¡Mira! Te están llamando.

Es mi sobrino. Discúlpame un momento, ¿sí?, debe ser algo importante —efectivamente lo era—. ¿Bueno?... ¿Qué pasó?... Ajá… ‘Pérate… ¡Ey!... No grites… ¡Cálmate!, ¡cálmate!... Sí… Espérame. Voy para allá.

¿Qué pasó?, ¿todo bien?

No. Ya me tengo que ir. 

De vuelta a la casa de su madrina, Salamandra, o mejor dicho, Cristal, tallaba sus ojos enrojecidos frente a un espejo. La última lágrima había sido secada. Las mejillas estaban saladas y sonrosadas. La nuca y los músculos de la cara le dolían de tanto llorar. Ya tenía puesta la pijama. Levantó las sábanas y las colchas para meterse en la cama. Esperaba que debajo de aquel cobijo pudiera encontrar la respuesta del porqué de su reciente sufrimiento. Nunca había sentido que el corazón, además de bombear sangre, bombeara torrentes de lágrimas por su interior. El cansancio emocional la sometió al sueño de inmediato, pero un llamado de su madrina la arrastró de nuevo a la vigilia.  

Perdóname, Cristalito. ¿Te desperté?

No. Todavía estaba despierta. 

Es que te está buscando tu hermano.

¿Cuál?

Rigo.

¿Por teléfono?

Está acá abajo.

Para haberla ido a buscar a la casa de su madrina a las 10 de la noche seguramente se trataba de algo serio, pensó ella, y no tardó en descubrir que estaba en lo cierto.

¿Cómo sabes?

Me contó la vecina Felipa que le preguntaron si sabía dónde vivía la abuelita de Grillo.

Román.

¿No dijiste que le dije…?

No.

¿Por qué eres tan rara? Bueno, el caso es que llegué a casa y no estaban. Mamá me dijo que habían ido a preguntarle a tu novio por ti.

Hijos de su pinche, pinche, ahora sí, ¡pinche madre!

Cristalito, no hables así de tu mamá.

Es que ahora sí se lo ganó, madrina.

¿Les hablamos?

No. Esos pinches animales no van a entender. El Xbox les tiene podrido el cerebro. No puede ser. Tengo que ir para allá.

Hija, no puedes salir a estas horas.

Ya lo sé, madrina. Tendrás que llevarnos en tu carro.

Ay, hija…

Mientras tanto, Grillo, o mejor dicho, Román, tenía que lidiar con la presencia nada agradable de sus dos “cuñados”.

Si no se van los voy a sacar a patadas.

‘Pérese, cuña’o, no se haga el valiente.

¡Ya les dije!

Nada más queremos que nos digas dónde está mi carnala. Eso es todo.

Yo qué sé. Me acompañó a arreglar un celular y no se regresó conmigo. Se fue por su cuenta.

¡Uy!, ¿problemas maritales?

Vela a buscar a tu casa si tanto te importa.

Lleva días fuera de la casa, ¿por qué crees que la venimos a buscar aquí?

Pues no está conmigo.

No te hagas.

¿Se van a salir?

¡Ooooooohhhhh!, espérateeeeee.

¿Sí o no?

Venimos en buen pedo.

En son de paz, ja, ja.

Estábamos platicando bien chido con tu abuelita y tú llegas a terrorearnos. Así no se hacen las cosas.

Hasta le íbamos a poner una cobija cuando se quedó dormida, pero en eso llegaste bien loco.

Yo no sé a dónde se fue su hermana.

Juramos por ésta, mira, por ésta, que el único lugar donde puede esconderse es contigo.

¿La ves aquí?

¡Oooooooohhhh!, ¿vas a estar así?

Si no está aquí no tengo dónde esconderla.

Ayúdanos a buscarla entonces.

No.

¡Oooooooohhhh!, ¿vas a estar así?

Sí.

Ya me estás cansado, rey.

Tú también a mí.

¿Apoco sí bien loco?

¿Quieres ver?

¡Va!, ¡va!, ¡va!

Vámonos pa’ fuera, entonces.

¡Va!, ¡va!, ¡va!

Aplaudiendo enérgicamente, esquivando ganchos fantasmagóricos y metiéndole jabs a una sombra, Mauricio aceptó el reto de su “cuñado”; su hermano Ismael le hizo segunda, caminando detrás de él para respaldarlo, como las celebridades que acompañan a los boxeadores durante su entrada a una pelea. 

Román abrió la puerta. Caballerosamente dejó salir primero a los dos entusiasmados hermanos. Cruzaron el umbral y lo invitaron a iniciar el ritual violento que determinaría quién de los dos sería el más cabrón. La recompensa sería ganar puntos en la carrera por el premio al más hombre de los hombres, una competencia en la que están inscritos todos los varones desde que llegan a este mundo y que nunca termina, pero uno siempre debe estar listo para afrontar el siguiente reto.  

Mauricio invitaba a Román a salir atrayéndolo con sus manos, como si la energía de su masculinidad desbordada lazara a su “cuñado” y lo atrajera hacia él. Su hermano le hacía masajes en los hombros para relajar sus músculos y evitarle algún calambre durante la pelea. Román los observó sin ninguna expresión en su rostro, sin ningún movimiento, sin ningún aspaviento, simplemente cerró la puerta en sus narices y regresó a despertar a su abuelita para preguntarle si se encontraba bien. 

Al cruzar el patio observó a los gordos favoritos de su abuelita dormitar parados. Les colocó una sábana encima de la jaula. Se preguntó por qué estaban tan calmados a pesar del reciente alboroto.

Granito —la movió con delicadeza para no maltratar su frágil cuerpo, como si evitara desprender un pedazo de un algodón de azúcar.  

¿Umh?

Granito, despiértate tantito.

¿Mande? ¡Ah!, ¿qué pasó, Romancito?, ¡ya llegaste!

¿Estás bien?

Sí, hijo.

¿No te hicieron nada?

¿Quiénes?

Los locos que se metieron a la casa.

¿Tus cuñados?, no, hijo. Yo los dejé pasar. Son muy amables.

No son mis cuñados, Granito.

¿Cómo?, ¿no son los hermanos de Sandrita?

Sí, pero ella no es… Bueno. Olvídalo. Me da gusto que estés bien.

Pero la sonrisa que acababa de esbozar se apagó cuando los “amables cuñados” comenzaron a patear el zaguán, exigiendo que saliera a enfrentarlos. Granito se inquietó llevándose la mano al corazón. Estaba temblando. Murmuraba oraciones desiderativas. Se persignaba. Román supo que tenía que calmarlos cuanto antes pues podría ocurrir una desgracia. Solicitó la ayuda de su tío Amaro. Para su mala fortuna, el tío estaba más lejos de lo que esperaba y los dos salvajes rufianes estaban comprometidos a tumbar el zaguán hasta que su rival les diera la cara. 

Granito, cálmate, por favor.

¿Qué es eso, Román?, ¡ay!, ¡van a tirar la puerta!

Son mis dizque cuñados. Están locos.

¿En cuánto tiempo llega Amaro?

No sé, Granito.

No, hijo. ¡Mejor háblale a la policía!, ¡ay!, ¡se están brincando!

Román tuvo que darles lo que pedían o la preocupación podría quebrar a su abuela.

Tomó una pala e hirió la pierna de Ismael que colgaba de la barda. Mauricio tuvo que regresar a su hermano al piso antes de que su “cuñado” volviera a atacar. 

Román abrió la puerta. Arrojó palazos que Mauricio esquivó con maestría. Cuando se trataba de rifarse un tiro, el hermano mayor de Cristal tenía toda la experiencia del mundo, mientras que su oponente jamás se había batido a puños con otro hombre. Mauricio conectó 1, 2, 3 golpes; cayó la pala. Román respondía dando manotazos que ni inmutaban a su rival. Un golpe más y el muchacho antes conocido como Grillo amagó con besar el pavimento, pero mantuvo el equilibrio, recogió la pala y abanicó en múltiples ocasiones. Cansado de tanto fallar, jadeaba mirando frustrado a su rival, quien se reía de lo fácil que le estaba siendo la contienda.

¿Qué dices, cuñado?, ¿ahí muere?

No.

Ja, ja. Solito te estás ensartando.

Mauricio se disponía a darle el golpe de gracia, sin embargo, unos faros cegadores de una camioneta frieron sus pupilas. Al poner la palma de su mano como barrera delante de sus ojos, su adversario vio una oportunidad de oro. Corrió hacia su rival, se colocó a sus espaldas, lo montó cual jinete y se sujetó de su cara. Mauricio hizo lo posible por quitárselo de encima, pero el jinete lo domaba con una maestría sólo vista en un jaripeo. Román soportó cada uno de los movimientos bruscos de la bestia acorralada y entendió que su única oportunidad para someterlo era atacar un punto débil. Clavó en las corneas laceradas por los faros sus callosos dedos, que eran correosos por el uso de la bicicleta y por los años que pasó trabajando como chalán, albañil, carpintero, plomero, electricista y muchos etcéteras. Mauricio chilló como una res marcada por el hierro fundido y descubrió que no tenía la fuerza suficiente para sacarse los dedos de los ojos. 

De la camioneta que recién llegaba bajó el tío Amaro. No tuvo tiempo de apagar los faros, por lo que le fue difícil divisar la escena violenta que se desarrollaba delante de él. Ismael corrió hacia el tío para pedirle ayuda. Exigía que socorrieran a su hermano antes de que perdiera la vista. Amaro no sabía quiénes eran los protagonistas de la trifulca hasta que estuvo lo suficientemente cerca para cubrir el brillo cegador con su cuerpo, entonces reconoció las manos fibrosas de su sobrino dañando los globos oculares de un desconocido. Jamás lo había visto ejercer tal violencia, por lo que se quedó pasmado unos segundos, pero al ver que uno de los ojos mallugados comenzaba a expulsar jugo como un fruto apachurrado no dudó en desprender a su sobrino de su víctima. 

Mauricio se revolcó en el suelo, pintando la tierra con su sangre. Parecía un artista del salpicado al óleo, uno mórbido, por cierto. Dibujó con el goteo escarlata algo parecido a una cruz. Muy pocas personas sensibles al arte lo habrían apreciado, pero ninguno de los presentes lo era, y en vez de maravillarse se paralizaron por la perturbación.

Entonces llegaron Cristal, su madrina y Rigoberto, sólo para confirmar que nada podían hacer para evitar lo que tanto temían al emprender su viaje. Había ocurrido una desgracia. Para colmo, Granito decidió salir de la casa para ver el merequetengue. No lo tomó nada bien. Ver a un “amable” muchacho a punto de perder un ojo y a su nieto con la sangre del herido en sus manos la puso un poco mal. Román intentó calmarla, pero ella se alejó para que no la manchara con la sangre.

Nadie le dijo nada al victimario, pero sabía que cada uno de los presentes lo enjuiciaban con su silencio. Amaro llamó a una ambulancia. Ismael y la madrina intentaron para el sangrado. Rigoberto le pidió un botiquín a Granito. Cristal se quedó en medio de todos, mirando con desgano a Román. No estaba asustada, más bien terminaba de confirmar su decepción por él.

Román fue sensible al rechazo de su excompañera. Una vez más sus pies se movieron por su cuenta. Lo trasladaron al interior de la camioneta. Las llaves estaban pegadas al tablero. Salamandra vio sus intenciones de escapar. Se le acercó con aversión e incluso con un poco de asco. Con todo eso fue capaz de entablar una última conversación con él. 

¿Y qué vas a hacer cuando te vayas de aquí?

Seré libre de responsabilidades, libre de culpas. Libre.

¿Para qué quieres eso?

Para ser feliz.

¿Vas a poder con tanta libertad?

Granito llevó a Rigoberto al interior de su casa para entregarle el botiquín. Detrás de ella se encendió un brillo de un tono amarillezco como la pus que iluminó toda la calle. Se escuchó el desgarrador aullido de una camioneta vieja y la fricción de las llantas que tallaban el pavimento. El sonido de un motor cansado disminuyó paulatinamente conforme se alejaba el vehículo. Ella, preocupada por sus canarios, los revisó para ver si no estaban asustados. Los gorditos dormían plácidamente. Granito se alegró de tenerlos protegidos dentro de su jaula.  

 

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