ZOPILOTA
— Grillo, tienes que creerme.
— Lo peor es que sí te creo.
— Lo que nos contó ese señor está muy cañón.
— No creo que pueda haber algo peor.
— Lo peor es que sí lo hay.
Salamandra se dio cuenta, en pocos minutos, de que, aunque su situación familiar parezca terrible, siempre puede haber una familia que lo pase peor.
El abuelo de Carolina habló largo y tendido de la situación que vive con sus hijos. No se guardó nada: “mi esposa y yo tuvimos un matrimonio feliz. 40 años de casados y nunca tuvimos ninguna dificultad, pero un error, un error te marca toda la vida. Llevo 10 años escondido en mi madriguera desde que pasó, pero ya no aguanto. Mi nieta lo sabe, mi hija lo sabe. Ya no aguanto más. Necesito reconciliarme con mis hijos”.
Ibraham es su nombre. Oriundo de Chimalhuacán, encontró el amor en una fiesta de XV años. La prima de su cuñado, llamada Carolina y apodada Caramela, aceptó bailar con él; después de 3 chistes y 5 vueltas algo se iluminó dentro de los dos. Un año de noviazgo les bastó para declararse votos matrimoniales el uno al otro. Una fiesta grande engalanó el ritual sagrado; mucha comida, exceso de baile y bendiciones aleteando como mariposas alrededor de los oídos de los novios bañaron de miel sus corazones. Y la miel nunca se derritió, se endureció y formó una coraza que los protegió de las debilidades humanas que suelen destruir las relaciones.
Vivieron en Monterrey gran parte de su matrimonio. Ahí nacieron 4 de sus hijos, y la quinta, la mamá de Carolina, nació en Tamaulipas, pero eso no importa mucho. Lo importante es que la familia estaba haciendo planes para irse a vivir a Estados Unidos cuando pasó lo que tenía que pasar.
Uno de esos días, en los que el destino se levanta con el pie izquierdo (o el derecho, si es zurdo), las cosas salieron al revés. Resulta que la familia asistió a los XV años de Marianita, hija de unos parientes de doña Carolina que vivían en Nuevo León, lo cual tampoco importa mucho, lo que sí importa es que ese día don Ibraham andaba muy feliz. Bailó con su esposa, bailó con sus hijas, bailó con sus comadres y, obviamente, con la quinceañera. Andaba tan feliz que no tuvo tiempo de medirle al trago. El alcohol lubricó los riñones y el cuerpo tuvo que procesarlo más rápido de lo normal. Eso no era común en don Ibraham, un señor ecuánime, y mucho menos común era que le entrara la necedad por manejar hasta su casa. No es que fuera irresponsable, es que no se sentía embriagado y le molestó que su familia lo tratara con condescendencia, como si fuera un ser sin autonomía que requiere que otros tomen decisiones por él. Eso no es aceptable en el individuo que encabeza una familia, ese tipo de debilidades son inconcebibles para alguien que toda su vida se ha jactado de controlar su manera de beber.
Doña Carolina minimizó la situación. Su esposo se había ganado su confianza por 40 años tomando casi siempre las mejores decisiones. Además, iban “aquí cerca”, era obvio que no iba a pasar nada malo, obvio sólo para ellos. Pese a la insistencia de sus hijos, el feliz matrimonio abandonó la fiesta alrededor de las 12:15 de la noche. A la 1:30 Arturo, el hijo mayor, recibió una llamada de un hospital, fue ahí cuando don Ibraham, que había perdido a su esposa a las 12:37, también perdió a su primogénito; después se le sumarían Apolonia, la hija mayor, Jorge, el que le sigue y Renato, el más chico de los varones; afortunadamente para don Ibraham, Azucena, la madre de Carolina nieta y la última en nacer, declinó unirse al complot que los 4 mayores ejecutaron contra su propio padre. Lo condenaron al destierro de su amado Monterrey, lo sancionaron con la dolorosa ley del hielo y le revocaron el título de “cabeza de la familia”, el cual fue usurpado no por Arturo, como sería lógico en la línea de sucesión, sino por la más apta para portarlo: Apolonia.
Todo esto pasó cuando Carolina nieta, la amiga de Salamandra, tenía 12 años, lo cual indica que, ahora que tiene 18, ha pasado 6 años viendo a su abuelo lamentarse por haber conducido borracho esa noche y haber chocado contra un muro de contención provocando la muerte de Carolina abuela. Todo eso les contó Ibraham cuando entró al cuarto de su nieta mientras ella y Salamandra platicaban de las cosas del amor. Las interrumpió porque la plática de las chicas le caló en lo profundo de la culpa y lo obligó a pregonar su miseria.
Salamandra lo tuvo muy claro. No titubeó en redactar un mensaje para Grillo: “alistate tenemios 1 nueva micion”. Hacer que las cosas sucedan puede tratarse de conseguir pases para un concierto, lugares para una fiesta, encontrar gatos perdidos, pero también puede tratarse de lograr que una familia se reconcilie. Había que subir el nivel, ambos miembros de La Dulce Compañía lo sabían, no querían hacerse fama de apadrinar causas banales, querían ser más que eso. Además, se sentían preparados para lograr una hazaña de considerables dimensiones. “Ok” contestó Grillo y la chica lanzó la oferta: “Don Ibraham, nos gustaría ayudarlo”, y aunque dudó, el viejo marido arrepentido vio en los ojos de la muchacha una confianza inspiradora que le hizo degustar el sabor de la esperanza nuevamente.
Aquella portadora de la antorcha de la esperanza viajaba ahora en una combi con su no viejo compañero de no muchas misiones: Grillo. Se dirigían a un fraccionamiento que acogía a la familia Suárez Peñaloza, instalada ahora en la capital, para intentar instaurar un tratado de paz entre los 4 hijos negacionistas y el cancelado padre. Ante el reto de su misión más desafiante hasta ese momento, la concentración de ambos debía estar más que coordinada. Con los dos ángeles en la misma página, el éxito de la empresa estaría asegurado, por eso discutían los detalles del plan con atención mientras procuraban que el pasar pasajes y abrir la puerta de la combi no los distrajera, pero el despiste provino de otra fuente.
— ¡Oye!
— Dime.
— ¿Y tú qué piensas de que todos crean que somos novios?
— ¿Cómo?
— Ajá…
— Por eso: ¿cómo?
— Pues yo pienso que está cagado.
— Como tu cara.
— Como tu cola.
— Como tu…
— ¡No! ¡Ya! En serio.
— Por eso.
— Por eso, ¿tú qué piensas?
— Pues no sé, güey. Que están locos, ¿no?
— No creo que lo parezcamos —Salamandra movió los ojos como pelota de ping-pong obligando a Grillo a rectificar la confianza en su discurso—. ¿O tú sí?
— No. Yo tampoco —respondió la chica en seco, ahora moviendo los ojos de arriba abajo como una pelota de básquet. Entonces la duda echó raíces en el corazón de Grillo.
— Mmm… —balbuceaba mientras Salamandra miraba por la ventana y trataba de contener su mejilla temblorosa— ¿Estás bien?
— ¡Bajan!
— ¿Aquí bajamos?
— ¡Bajan! ¡Pinche sordo!
— Cálmate. No nos dejó tan lejos.
— Si le grité la primera vez, ¿por qué no se para?
Grillo comenzó a saborear la incertidumbre y deseaba poder quitarse su sabor de la garganta, pero ni con un trago de refresco evitó que ésta se hiciera más amarga. Se masajeaba el cuello constantemente, hacía gestos de incomodidad y carraspeaba cada minuto. Sin embargo, Salamandra estaba con la vista clavada en el suelo, como si en los baches se encontrara un portal que le ayudara a cruzar a una dimensión en la que no tuviera que tocar ningún tema incómodo con su compañero. Entonces el muchacho cesó las preguntas que hasta ese entonces no sabía que eran incómodas y mejor quiso repasar algunos datos sobre la misión.
— ¿Ya te pasó Carolina la ubicación?
— Sí, es en este fraccionamiento —contestó su compañera tras soltar un suspiro de alivio.
— Entonces son una familia, amm… ¿cómo decirlo? ¿Difícil?
— Son unos cabrones.
— Ya entiendo.
— Según la información de Carolina, en este momento están reunidos los 4 hijos del señor Ibraham, les gusta reunirse en la casa de la señora Apolonia todos los domingos después de ir a misa. Recuerda que Arturo es el mayor, después le siguen Apolonia, Jorge y Renato, pero, la hija es la que mueve a todos, no nada más en la familia, sino que tiene control en otros asuntos.
— ¿Cómo cuáles?
— Pues es… No sé, algo mueve. No me quiso decir bien Carolina, pero yo le entendí que anda metida en algo.
— Ah…
— ¿Te asusta? Si quieres nos podemos ir.
— No, cómo crees. Ya estamos aquí.
— En fin… En la casa también están reunidos los nietos y los bisnietos de don Ibraham. No sé cuántos haya en la casa, pero recuerda que si nos ganamos a los niños les daremos una buena impresión y ganaremos algo de su confianza.
— ¿El principal problema es que…?
— Son violentos, groseros, mandones. Son comerciantes y tienen mucha gente a su cargo. Están acostumbrados a intimidar a las personas para conseguir lo que quieren. Así han logrado tener mucho dinero. Tienen una fama feíta. Mejor dicho, mucha gente los evita, entre ellos Caro y su mamá, pero a don Ibraham no le importa eso, aunque sabe cómo son, quiere recuperar su cariño.
— Bueno, aparte de ganarnos a los niños, el plan es ser lo más barberos posible e ir introduciendo el tema de la reconciliación poquito a poco. De manera natural. No deben saber que eres amiga de Caro o nos mandarán muy lejos.
— Sí, recuerda que les gusta mantener una posición dominante, cualquier intento de llevarles la contraria nos perjudicará.
— Puedo hacer eso.
— Recuerda el punto más importante de todos: la señora Apolonia es capaz de persuadir a toda la familia. Le encanta teñirse el cabello, maquillarse, vestirse muy exótica y ponerse uñas, en cuanto más alabemos su imagen más pronto nos la ganaremos.
— ¿Es tan vanidosa? No pensé que lo fuera.
— ¿Por qué?
— Por su apodo.
— ¿La Zopilota? Sí. Imagino que no tiene que ver con su imagen, sino con su carácter. Así le dice Caro y mucha gente. No creo que a ella le guste.
— Bueno, hasta ahora todo va bien. La coartada está chida: voy a reparar el iPhone del señor Arturo. Lo contacté hace días cuando publicó que buscaba un reparador en un grupo de Facebook. Como le gusta que hagan todo lo que dice, le agradó que me ofreciera a venir hasta su casa para que él no se molestara en ir al local. Lo que me preocupa un poco es que se les haga raro que me acompañes tú.
— ¿Raro? ¡Soy tu asistente!
— Realmente no me vas a ayudar en nada y si te preguntan cosas podrían descubrir que no sabes nada.
— Tranquilo. Me inventaré algo.
— No te lo tomes a la ligera. Son personas difíciles y nos tendrán en su territorio. Puede que sea problemático tomar decisiones improvisadas.
— ¿De cuándo a acá estás tan inseguro en una misión? Nunca te había visto titubear. Si estás muy nervioso…
— No estoy preocupado por mí, sino por ti —la vista de Salamandra se dirigió con fuerza hacia el piso como si fuera imantada por el pavimento.
— ¿Yo? Ja ja. ¡No manches! Yo estoy tranquila.
— Estás un poco rara desde que veníamos en la combi.
— No.
— Tal vez si me contaras…
— ¡Que no! ¡Que estoy bien!
— Bueno, no te molestaré más, pero ten en mente la posibilidad de que piensen que somos novios, como todo el mundo.
— ¡Exagerado! ¡No todo el mundo lo piensa!
— Salamandra…
— ¿Desde cuándo eso es tan importante para ti?
— Salamandra… —la tomó de los hombros, pero ella arrojó sus manos con un dejo casi violento con el dorso de las suyas, lo cual le hizo desconocerla.
— A mí no me interesa nada que tenga que ver con el amor y a ti tampoco —Grillo volteó hacia el suelo, como si una caca de perro mosqueándose lo protegiera de la aseveración de su compañera—. El matrimonio es algo horrible por lo que he escuchado y mientras más lejos esté de eso por mí mejor, ¿Ok?
— Ok —contestó el intimidado muchacho, hipnotizado por la caca marrón que se cuarteaba con el peso de las moscas.
Justo acababa de contestar cuando notó que en la entrada del fraccionamiento un hombre los invitaba a pasar. Era un señor de unos cuarenta y algo con un aspecto enérgico que se evidenciaba en su trabajada constitución física. Había un claro esfuerzo por transmitir una vibra dominante, desde la forma en la que miraba con la intensidad de un toro, el volumen de voz imperativo que empleaba, las expresiones corporales agitadas y toscas con las que se dirigía a los chicos, y su vestimenta que evocaba la imagen de mando policíaco. “Soy Arturo, güey”, dijo y jaló de la cabeza a Grillo para obligarlo a entrar a la privada. Los pies de Salamandra se movieron antes de que su cerebro lo decidiera y ambos compañeros midieron el nivel de la amenaza al conocer al imponente tío de Carolina, que era todavía menos imponente que la famosa tía Zopilota.
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