TORO

Entramos a la casa de la tía Zopilota y un ejército de niños se cuadró delante de nosotros. Estaban erguidos, en una posición de firmes y ninguno de ellos nos veía, tenían la vista fija al frente. El tío Arturo inspeccionó la formación caminando delante de ellos con las manos en la espalda. Bufó como un toro malhumorado al reconocer los desperfectos. Con un dedo índice levantó el mentón de un niño de unos 6 años de edad, le metió la joroba a una niña de unos 12 y pateó los pies de un chiquillo como de 9 para obligarlo a juntarlos. “¿Qué esperan para saludar, cabrones? ¿Qué no ven que tenemos visitas?”, dijo y un tierno corito de escuincles gritó “¡buenas tardes!” al unísono. Salamandra y yo nos miramos incómodos, pero respondimos amablemente al saludo. 

Arturo ordenó romper filas y el miniejército se dispersó por el patio como si fueran hormigas asustadas. 

¡Ah, pinches chamacos! Son la alegría de nuestra familia. Pásenle, están en su casa.

Gracias, señor —respondí y lo vi fruncir el ceño.

No seas barbero. Ya tengo muchos soldaditos a mi cargo. No necesito que se enlisten otros, ja, ja, ja.

Disculpe —torció los ojos y noté que mi amabilidad estaba siendo demasiada. Salamandra no me ayudaba porque estaba muda. Era la primera vez que la veía paralizada en una misión.

Tardamos un poco en llegar al comedor porque la casa era absurdamente grande. Pasando el patio había una especie de salón, después un jardín, luego una sala de estar y luego otro patio que parecía una explanada, en donde había una carpa, dos bafles de mi tamaño, un asador plateado que lastimaba la vista con el reflejo de la luz y un comedor de madera tallada parecido a los que había visto en el Castillo de Chapultepec. Salamandra estaba un poco asqueada por la inmensidad del espacio y las posesiones. Yo me sentí como Alicia cuando se encoge y ve por primera vez todo gigantesco. Arturo notó nuestra inseguridad y soltó una risa orgullosa. 

Una señora con la cabeza rubia de un tono cenizo, forrada con animal print, uñas flasheantes, arracadas del tamaño de un hula-hula, pestañas gruesas como los pelos de una brocha y litros de maquillaje salpicados en su cara, que estaba sentada en el centro de la mesa, nos hacía una señal con la mano para que nos acercáramos. Su esposo, empequeñecido, jugaba con su celular al fondo de la mesa. A su izquierda había un señor gordo con una gorra de gallo tomando de la mano a su señora esposa; a su derecha, un señor flaco con un sombrero vaquero le daba arrumacos a su concubina. Cuando llegamos al pie del comedor noté la división jerárquica de la familia. En la mesa fina de madera estaban los hijos del señor Ibraham; al lado de ellos había una mesa de vidrio, muy bonita también, en la que estaban sentados sus nietos, conté 14 de ellos y a 13 de sus parejas. Y en un rincón custodiado por naranjos e higueras había 3 pequeñas mesitas de plástico cubiertas con un mantel de Minions, otro de Frozen y un último de Bob Esponja, en las que las hormigas asustadas se arremolinaban tirando vasos de refresco y comiendo con las manos. Yo las veía abrumado cuando la señora rubia me tronó los dedos.

¡Hijo! ¡Ey! ¡Voltea! Pasen a sentarse con nosotros. Mira, ahí hay dos sillas vacías.

Sí, señora —dije y tuve que jalar del brazo a Salamandra porque se había puesto en piloto automático desde que entramos al fraccionamiento. Mientras tomábamos asiento percibí las miradas duras de los integrantes de la mesa de vidrio, como si usurpáramos un privilegio que no nos habíamos ganado.

¿Cómo te llamas, hijo?

Gri… Román, señora.

¿Y tú, muchachita? —le di un codazo para hacerla reaccionar.

¿Eh?

¿Que cómo te llamas?

Salamandra.

¡Ah! Curioso nombre —expresó y volteó a ver a sus hermanos mordiéndose la lengua y guiñando un ojo juguetonamente. Los 3 hombres, ya con el señor Arturo instalado al lado de su pareja, le hicieron segunda, pero nadie se burló en voz alta ni descaradamente.

Bueno, pues ésta es su casa, ¡eh!, son bienvenidos. ¿Quieren que les sirvan de comer?

No, gracias. Comimos en el camino.

¡Ay, no seas payaso! ¡Daniela, sírvele un taquito a los muchachos! —Le gritó a la que supe después que era su nuera, lo que provocó que su esposo, el hijo de la tía Zopilota, nos mirara con desprecio— No nos van a despreciar estos cortes tan finos que trajo mi hijo Ubaldo de Monterrey. Están marinados con una receta maravillosa que por supuesto no les vamos a compartir. Y para acompañarlos tenemos frijoles, nopales, verdura y puré de guarnición; y vino, champaña o cerveza de bebida. ¿Ya son mayores de edad?

No, señora.

¡Ay, no! Entonces para ustedes un refresco —volvió a guiñar el ojo y a morderse la lengua, entendí que esa era la señal que sus hermanos esperaban para reírse disimuladamente—. La nuera Daniela nos sirvió la jugosa carne que olía delicioso, con un marinado que la hacía brillar como si estuviera bañada en oro. Fue difícil no salivar y no sentir un burbujeo en mi estómago; después nos sirvieron vino confirmando que lo del refresco fue una broma. No pude jugar al remilgoso y comencé a cortar la carne con los cubiertos mientras las olas de saliva azotaban las paredes internas de mis cachetes. Salamandra no parecía muy impresionada con la rimbombante presentación del contenido de su plato. 

Muchas gracias. Sí está muy rico el marinado.

Te dije, hijo. Primero el diente y luego el pendiente. Coman con calma, al fin que a Arturo no le urge su teléfono —el tío expulsó de su nariz el humo de un cigarro que acababa de encender como si fuera un toro rabioso. Miró a su hermana con una furia espeluznante, pero no dijo nada que la contrariara, más bien le dio la razón. Cuando devolvía la vista a señora Apolonia se me cruzó una mirada inquieta que iba de mí a Salamandra como la aguja de un metrónomo. Provenía del tío gordo. Se dio cuenta de que me di cuenta de que nos miraba y en lugar de avergonzarse sonrió diabólicamente. Supe después que su nombre era Jorge, quien evidentemente sacaba secretas conclusiones en su cabeza. 

¿De dónde son? —Preguntó Renato, el más joven y flaco, con una voz muy chillona, como la que finge un payaso, que casi me saca una carcajada. Salamandra sí se rio nerviosa, lo cual no le agradó nada, pero la tía Zopilota calmó un futuro arrebato tomándolo de la muñeca. El tío olvidó la ofensa cuando el que después supe que era su hijo lo llamó desde la mesa de vidrio. Entonces se levantó de la silla y me dejó hablándole al viento. 

Somos del poniente. 

¿Trabajan juntos? —preguntó Jorge con una seguridad que me confirmaba que su duda no era genuina.

Sí.

¿Los 2 saben arreglar celulares?

Sí. Bueno, ella es mi asistente. 

¿En serio? —preguntó nuevamente sin disimular su desconfianza a mis afirmaciones. Un posible interrogatorio incómodo me recordó que habíamos trazado un plan que aún no ejecutábamos.

En serio. Oigan, estos cortes están muy ricos. En serio. Además, las guarniciones y las bebidas son perfectas para acompañarlos. Se nota que en Monterrey sí saben hacer carne asada. Los chilangos no sabemos ni prender el anafre. Y qué bonita familia tienen, muy grande, así como su casa. Y usted, señora…

Apolonia —respondió degustando en su interior el placer de mis halagos que, por más que sonaran forzados, endulzaban los oídos de la jefa de familia y esperaba complacida a que continuara. Estaba a punto de chulear su aspecto físico cuando la Salamandra zombi saltó de su asiento como quien se exalta al descubrir que olvidó apagarle a los frijoles, pareciendo volver a la vida y recuperando el color de su cara.

¡Qué lindos sus niños!

¿Disculpa, hija?

Que son unos enanos encantadores.

¿Enanos?

Muy monos y preciosos.

¿Monos? —Mi compañera empezaba a preocuparme. 

Chulos. ¿Quiénes de ellos son sus hijos?

¡Ay, no! Ja, ja. ¡Cómo crees! —Contestó la tía más tranquila y roja como una esfera de Navidad— Algunos son mis nietos, los más guapos; otros son mis sobrinos nietos, los más “monos”. Mis hijos están en aquella mesa. Ya todos son adultos y están casados. Ya estoy algo vieja, aunque no me creas, Román —me volteó a ver y me hice el sorprendido, lo cual fue bien recibido por la dama—, pero todavía tengo muchas fuerzas para liderar esta familia. 

Pues felicidades por ser una familia tan grande y tan unida. Yo no tengo una familia como la de ustedes, por eso me sorprende. Imagino que deben apoyarse en los momentos difíciles, ¡qué padre!

Gracias, hija. Tienes razón.

Sus padres debieron haber construido este espacio tan maravilloso para ustedes —entendía a dónde quería ir Salamandra, era parte de lo planeado, pero no me pareció que fuera el momento para traerlo a la conversación, y a la señora Zopilota tampoco, ya que su expresión chiveada se tornó insultada en un segundo.

¿Disculpa?

¡Ay, perdón! Es que no veo a los abuelos de la familia.

Es porque no hay unos “abuelos de la familia”. 

¡Híjole! Creo que ya me pasé de metiche. Supongo que los señores ya no están entre nosotros —un vaporcillo escapaba de las fosas nasales de la jefa de familia y hacia un chillido al rozar con sus labios temblorosos, como el que hacen las ollas express cuando están a punto de estallar; la tía se clavó las uñas satinadas en las palmas y estaba a punto de atropellar a Salamandra con un insulto cuando algo que hasta el momento no creí posible sucedió: el tío Toro se levantó de la mesa, tomó de la mano a su hermana desenterrando sus uñas de sus manos y la tranquilizó masajeando su espalda. La miró con ternura para hacerle saber que él se haría cargo de la situación. 

Mira, niña. Nosotros te abrimos la puerta de nuestra casa, bueno, la casa de mi hermana, que es de toda la familia, con gusto y amabilidad porque nos gusta ser buenos anfitriones. Es parte de nuestros valores. Nosotros no los conocemos a ustedes, pero vienen a hacernos un favor, que más que un favor es un trabajo, porque les vamos a pagar, pero en agradecimiento por tomarse la molestia de venir hasta acá les invitamos un taquito y los sentamos en nuestra mesa. Eso no significa que les vamos a permitir una falta de respeto al hablar de un tema que no tocamos en esta casa, mucho menos en esta mesa. Sé que tú no conoces nuestra historia, pero te agradecería mucho que no saques a colación temas que no te incumben —salté como un canguro a disculpar a Salamandra, pero el Toro me devolvió a mi asiento con una mirada. No le pude hacer frente y miré al suelo, como pidiendo perdón con la cabeza agachada. 

Tiene razón, señor. Perdón por mi impru…

Todavía no acabo, niña. Hay que aprender a no interrumpir a los mayores. Lo que te quiero decir con todo esto es que hay temas muy personales que no se tocan a la ligera. Te la vamos a pasar por ahora, pero te pido, muy amablemente, que no vuelvas a mencionar a nuestros padres, porque ellos no están aquí ni estarán. ¿Entendido?

Más que entendido —Salamandra se sentó haciendo una falsa reverencia. A diferencia de mí ella no estaba sudando frío, más bien se veía tranquila, de hecho, conociéndola, identifiqué su sonrisita burlona que disimula muy bien cuando le está dando por su lado a una persona. Eso me preocupó más.

Oportunamente una nuera del señor Toro se acercó a la mesa con una gelatina. Otra de las tantas nueras repartió platos y cucharas, muy finos, por cierto, para degustar el postre. Algún miembro de la mesa de vidrio le subió a la música y el silencio incómodo poco a poco se fue opacando con las risas y las anécdotas de la familia. El color de la cara de la tía Zopilota volvía a su tono apacible. Traté de comerme mi gelatina con prisa para poder arreglar el celular e irme lo más rápido posible de esa casa. La verdad es que ya casi no me importaba el plan, así que no pensaba en ninguna alternativa para retomarlo, pero Salamandra, quien se reía en sus adentros y murmuraba consigo misma, estaba dispuesta a completarlo. Eso lejos de preocuparme me asustó. 

Cuando terminé de deglutir el último pedazo del postre me levanté y volteé a ver al señor Toro para hacerle saber que el diente estaba complacido y el pendiente me esperaba. Él hablaba en voz baja con su hermano gordo, me veía sin importarle que pensara que murmuraban sobre nosotros y le decía que sí con la cabeza. No soporté la hostilidad y volteé hacia la mesa de al lado, entonces noté una mirada de odio proveniente del tío Renato, el señor flaco, el cual también cuchicheaba con su hijo. Como era tan obvio que hablaban de mí desvié rápido la mirada para apagar un fuego que corría hacia una fuga de gas. Cuando Arturo y Jorge parecieron llegar a una conclusión, el primero se paró de la mesa y tomó aire para dirigirse a nosotros.

Muchachos: hay algo que quiero saber.

Y yo tengo algo que decir —dijo mi compañera poniéndose de pie también e interrumpiendo igualadamente al mayor de los Sánchez Peñaloza; el hombre pudo haberla sentado con una sola palabra, pero optó por dejarla hablar.

Adelante.

Perdón.

¿Perdón?

Sí, por mi imprudencia —sabía que estaba siendo sarcástica.

Ok.

No, en serio, perdón. Ustedes nos dieron de comer y yo insulté a su familia —cuando dijo “su” dejo de ver al Toro y miró a la Zopilota—. Estoy avergonzada —hablaba con una formalidad que no le correspondía—. Mil disculpas. Ciertamente es algo que no me incumbe. Quiero dejar el tema atrás y a mí a mi compañero nos gustaría pasar a revisar su teléfono —a diferencia de mí, ellos no notaban el sarcasmo. La elocuencia de Salamandra estaba rindiendo frutos cuando vi que sus caras se relajaban, de arrugadas pasaban a tersas y sus miradas se lubricaban, todas excepto la del tío Jorge, quien relevó a su hermano en la conversación.

¿Tu “compañero”? —Hizo una mueca alzando las cejas. 

Sí, ¿qué otra cosa va a ser? —En un segundo volvió al tono desafiante.

¿Cómo que “qué otra cosa va a ser”? Pues es tu novio, ¿no? —Estábamos en el escenario que tanto me temía. La expresión burloncilla de mi compañera se desvaneció.

No. Obvio no —para ella era obvio, pero lo obvio para todos era la contrario, ya que se rieron con condescendencia de lo que para ellos era una evasiva inocente. Se miraban con complicidad compadeciendo a una ingenua adolescente que pretendía ocultar lo evidente. 

Hija, nosotros ya pasamos por eso. No te avergüences. Además ustedes ya están grandecitos, más bien ya deberían ir planeando la boda —sabía que le estaban dando en donde le dolía. Estaba por tomar la palabra para cambiar el tema, pero sentí la mirada cada vez más pesada el tío Renato que estaba a mis espaldas. Volteé instintivamente sólo para confirmar que efectivamente tenía un problema conmigo, ya que susurró un “¿qué, güey?” desafiante. Oficialmente estábamos en problemas. 

No entiendo a qué se refiere cuando dice “nosotros ya pasamos por eso”, pero estoy segura de que usted no ha pasado por lo mismo que yo.

Pero yo sí —dijo la tía Zopilota.

¿Ah, sí? ¿Sólo porque somos mujeres?

Sí. Mujeres y cabronas —Salamandra no pudo evitar burlarse del calificativo. 

Ah, mire. 

Pues aunque no lo creas, mi’jita. Tú y yo somos muy parecidas. Lo supe desde que te sentaste aquí con tus aires de saberlo todo, de payasita, de la que no hace plática. Ya sé, ya sé. Yo hacía exactamente lo mismo cuando iba con la familia de mi marido —ni con esa mención el hombre apartó la vista de su celular ni siquiera para confirmar la anécdota de su esposa—. Pero aprendí a ser más política y eso me abrió muchas puertas. Hacerse la que sabe más que todos no te conduce a nada. Hay que demostrarlo.

Bueno, pues si usted lo dice —el tono sarcástico era cada vez más descarado.

No, es que no nada más yo lo digo.

También lo digo yo —complementó el señor Toro, confiado de que tenía el permiso de su hermana para interrumpirla, siempre y cuando fuera para darle la razón—. Mi hermana no es cabrona de nacimiento. Se tuvo que hacer así.

¿Y yo por qué tendría que hacerme cabrona?

Porque los cabrones somos a los que mejor nos va —miró de forma panorámica la opulenta casa para dar fe y legalidad de sus palabras. 

A mí me va muy bien sin ser “cabrona”, sin estar casada, sin tener novio —ni siquiera se molestó en mirarme—. Agradezco sus consejos, pero creo que no hacían falta.

¿Ves? Ja, ja. Esos son los rasgos de una vieja cabrona.

No me diga “vieja”.

Escuincla entonces.

No me llame más que por mi nombre.

Salamandra no es un nombre. Es un animal. ¿Así te pusieron tus papás?

No.

Entonces no es tu nombre.

¿A usted cómo le puso su papá? —La palabra “papá” devastó la expresión ultrafortalecida del señor Toro. Desarmado, ahora parecía un niño tratando de llenar una armadura que le quedaba muy grande.

Artu… Arturo.

¿Y le gusta su nombre o le habría gustado llamarse de otra manera? —La debilidad en sus ojos me hizo saber que era la primera vez que le hacían esa pregunta.

¿Tú cómo crees que debería de llamarme?

No sé. Creo que tiene las cualidades de un toro —estaba a punto de implosionar mi sistema nervioso, pero sorprendentemente la ocurrencia le hizo gracia al desafiado hombre. 

Ja, ja. ¿Tú crees? Pues fíjate que lo voy a pensar —apagó su cigarro; sonriendo, acarició la mejilla de su esposa con ternura y se sentó como dejando que el humo de la colilla a punto de extinguirse absorbiera un malestar que le había impedido descansar por años.


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