RENACUAJO

Ya hace hambre, ¿no?

Gacho.

No, en serio, bro’. Tengo hambre.

Yo también, hermano.

Fíjate si hay algo en el refri.

No va a haber nada, al menos nada hecho, ya sabes. Mamá no tiene tiempo de cocinar y Cristal lleva un rato desaparecida. Su madrina no nos sabe dar razón de ella.

No mames. Hay que buscarla. Se lo prometimos a mamá.

Sí. Hay que hacerlo por mamá.

Y porque ya me cansé de tragar gorditas y pambazos. 

Sí. Muy cierto. ¿Dónde estará?

Pues con su güey.

¿Sabes cómo ubicarlo?

Creo que conozco a su abuelita y sé dónde vive. 


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Nunca había visto cómo se repara un celular y creo que nunca había visto un iPhone tan de cerca, pero Grillo hizo parecer simple lo complicado. Todos esos mecanismos raros que tiene el teléfono por dentro él los entiende como un doctor que se sabe los nombres de las arterias, los intestinos, los huesos y los órganos. Sabe dónde le duele al aparato sin que el aparato le diga dónde. Sí estaba sorprendida de verlo ser él mismo en su hábitat, pero más que nada me sentía en paz, me sentía feliz de ver sus manos danzando sobre la maquinaria ininteligible. Y luego todo se fue a la mierda… 

Pero antes todo estaba muy bien. Cuando terminó de reparar el aparato el señor Toro lo miró con la misma satisfacción que yo lo miraba, con una confianza que se agradece que te brinden. Ellos dos platicaron un rato y vi a mi compañero más desinhibido que hace un momento. Lo hice pasar un mal rato con mi comportamiento, pero me gusta ser honesta con lo que pienso y siento aunque la prudencia esté en juego. No lo vi apoyarme cuando desafié a las cabezas de la familia. Estaba temeroso. Traté de entenderlo. Mi actitud lo tomó por sorpresa; además, es evidente que tenemos personalidades muy distintas, pero debo admitir que me sentí un tanto decepcionada cuando lo vi callar, con la mirada en el suelo. 

Afortunadamente ahora se veía más desenvuelto. No nos lo dijimos, pero sabía que su nueva cercanía con el hombre-toro le daría la motivación para introducir el tema de su padre e intentar conquistar la misión. Si él hacía su parte yo debía hacer la mía, por eso miraba a la señora Zopilota cuando ella me miraba esperando que me acercara. Puedo ser tonta una vez, pero no dos veces. No me volvería a acercar con la misma actitud desafiante. Esta vez me arroparía la prudencia, así que no me arrojé y medité un rato sobre el tema de conversación con el que intentaría volver a mencionar a su padre.

De veras lo estaba logrando, cuando vi que Grillo salió de la casa para ir al baño, entonces pasó algo que hasta ese momento no teníamos contemplado: dos personas lo empezaron a seguir, eran el tío Renato (a quien bauticé como Renacuajo, porque los renacuajos me dan asco) y su hijo, quien después supe que se llama Jasson (se pronuncia “yeison”). Hasta ese momento no había visto que Grillo les hiciera nada, por eso me sacó de onda que le echaran bronca cuando salió del baño. No alcanzaba a escuchar todo porque estaba lejos, pero la discusión fue más o menos así:

¿Qué te me quedas viendo, verga?

¿Eh?

¿Que qué te me quedas viendo, vergaaaaa, pinche sordoooooo?

Yo no te he volteado a ver. Eres Renato, ¿verdad?

Renato Mariano Sánchez Peñaloza para ti, pinche chirigüillo, y él es mi hijo Jasson y hace rato te nos quedaste viendo, verga.

¿Dónde?

En la mesa

¡Ah! ¡No! Yo volteé así nada más, pero crucé mirada con ustedes.

Te digo que te nos quedaste viendo, vergaaaaa —así gritaba el naco ese—. No te hagas.

Que no —Grillo se impacientaba, por eso mismo trató de alejarse de ahí, pero el hijo Jasson se le cerró para que no pasara. Entonces my partner trató de calmarse dando un paso para atrás.

Algo les explicaba, sólo que yo no alcanzaba a escuchar. Fue en ese momento cuando descubrí la razón de su coraje contra él. Los hombres son muy obvios, siempre, casi siempre, ¡no!, ¡sí!, ¡siempre! El hijo Jasson me empezó a voltear a ver. Ajá, obvio, con “esa” mirada. Sí. Esa mirada. Ya todos sabemos cuál. Seguramente el tarado creyó que Grillo era mi novio y su respuesta más inmediata fue echarle bronca. Claro. Es lo normal cuando te gusta una chava, ¿no?, madrearte a su “novio”.

No tenía tiempo para una pendejada de ese nivel. Respondí a su mirada con asco y me di la vuelta. Afortunadamente el tío Toro salió en busca de su nuevo amigo para continuar con su plática, el cual ya llevaba un rato sin volver a la casa. Cuando el baboso Renacuajo vio salir a su hermanito mayor, se peló como cucaracha y se llevó a su cría a jalones. Mi Grillo pudo descansar. Yo, por mi parte, me acerqué a doña Zopilota, quien me aguardaba impaciente, para terminar con lo que empezamos.

¿Por qué tan solita, mi’ja?

Lo mismo me pregunté yo, por eso me vine a hablar con usted.

No te juntes con una vieja como yo, párate a bailar con alguno de mis muchachos.

Mmm… Mejor no.

¿Te pega el novio?

No es mi novio y si lo fuera no me pegaría. Es que no me gusta bailar.

Nomás te estoy molestando, mi’ja.

Lo sé —le miré los ojos y los tenía cansados, no por la hora ni por la comida, tampoco por el vino ni por su edad, era algo más, un cansancio de responsabilidad.

No creas que no sé por qué me miras así. 

No lo creo. 

Te dije que nos entendíamos, pero tu espíritu rebelde, que es normal en la gente de tu edad, te hizo pensar que no era cierto.

Más que nada necesitaba pruebas.

¿Y ya las tienes?

Creo que sí —no respondió, le dio un trago a su copa adornada y levantó la ceja.

¿Por qué sacaste el tema de mis papás?

Pues rodeada de un ambiente tan familiar como éste se me hizo raro que no estuvieran los abuelitos presentes.

Yo y mis hermanos somos “los abuelitos”.

Sí, pero no están tan abuelitos.

¿De veras fue por eso? —No me creía, pero protegería a Caro a como diera lugar. 

De veritas. 

Mmm… Hija, ¿tú quieres tener hijos?

No me quiero casar.

No dije casarte, dije tener hijos. Una cosa no necesariamente depende de la otra, ¿sabes?

¡Ah! Pues en ese caso no lo he pensado.

Ya estás en edad.

No lo he pensado.

¿Qué dicen tus papás?

Mi papá no puede decir mucho.

¿Es mudo?

Creo que está muerto.

¡Ay, Dios! ¿Y tú mamá?

Creo que piensa lo mismo que usted.

¿Y tú qué piensas?

Que mis hermanos son mayores y a ellos no los molesta con eso.

Ay, hija, perdónanos. Así somos las mamás. Probablemente tu papá te apoyaría. Los hombres son más alcahuetes.

No creo que me apoyara.

¿Se murió? ¿De qué murió?

Quién sabe.

¿Estabas muy chiquita?

Creo que sí.

¿Y nunca te dijeron?

Creo que no.

¡Válgame! —Encogí los hombros—. Mi papá sí está muerto.

¿Sabe de qué murió?

Ah… Sí. Sí sé —encogió los hombros y torció la boca como diciendo “¿qué quieres que te diga?”.

Mi más sentido pésame. 

Que Dios lo tenga en su santa gloria… Bueno, no. Que no lo tenga.

¿Puedo preguntar por qué?

Mmm… ¿Puedes? —No me hacía la pregunta a mí, si no a su copa de vino, a la cual miraba como a un oráculo, como una bola de cristal en la que se visualizaría la respuesta. Le dio un trago profundo—. Creo que sí, sí puedes.

¿Por qué no quiere que Dios lo tenga en su santa gloria?

Porque se merece un castigo. Y los castigados se van al infierno, no con mi padre Dios. 

¿Puedo preguntar por qué merece un castigo? —Hizo el mismo procedimiento ante preguntas íntimas al volver a llenar su copa.

No. No puedes.

Está bien. ¿Y su madre? ¿Ya falleció? —Mi pregunta le causó un eructo que expulsó sin el menor reparo.

¡Ay, mi’ja! ¡Qué cosas preguntas!

Perdón.

Bueno —sorbió algunos mocos y se talló los ojos cansados—, creo que estaría con madre que me desahogara un poquito. Mi ma’ no falleció, a mi ma’ la mataron. Un señor imprudente tuvo la brillante idea de manejar borracho. Mi mamá iba en el asiento del copiloto.

Pues de verdad lo siento. Es algo terrible —fingí no haber escuchado esa historia antes—. Me queda un poco claro el tema de su padre.

Ya hiciste tus conjeturas, ¿no?, pero no te creas, mi papá no se murió en ese accidente, se murió después, cuando mis hermanos y yo lo matamos, todos sus hijos lo matamos, menos una —abrí los ojos grandotes, grandotes—. No lo matamos, ¿cómo se diría?, físicamente, ¿sabes?, matamos su recuerdo, matamos el cariño que le teníamos. No le podemos perdonar que nos desmadrara. Le prometimos que no lo veríamos nunca más y lo vamos a cumplir.

Qué terrible.

Asuntos de familia.

¿Mencionó que una de sus hermanas no lo mató?

Ah, sí. Mi pinche hermanita lambiscona. Ahora sí que es su perro y ella lo baña.

¿Su papá les pidió perdón?

Chingo de veces, hija. 

¿Cree que es algo que no se pueda perdonar?

¿Tú qué harías si tu papá matara a tu mamá?

Bueno, mis hermanos me contaron que mi papá intentó matar a mi mamá, pero afortunadamente no lo logró. 

¿Ves?, ¿lo perdonarías?

No, porque tuvo la intención de matarla. Hizo todo lo posible por acabar con su vida, pero no pudo. Por lo que veo, su papá no tuvo la intención de matar a su mamá y quizás después del accidente hizo todo lo posible por mantenerla con vida, pero no pudo. Caprichos del destino —me volteó a ver intrigada.

No voy a justificar a un hombre irresponsable.

Entiendo, pero no estoy de acuerdo —su mirada intrigada cambió a ofendida—. Uno de mis hermanos fue irresponsable con la alimentación de su mascota, eso provocó su muerte, pero antes, hizo todo lo posible por salvarla, yo lo ayudé, yo que siempre fui responsable de alimentarla bien. Ni la responsable ni el irresponsable evitamos que muriera. Es fácil culparnos cuando la muerte de un ser querido está relacionada con nuestras decisiones, pero lo cierto es que obremos correctamente o erradamente, a veces no podemos evitarla. Es el final que nos espera a todos. A veces las causas importan, a veces no tanto; creo que lo más importante es el tratamiento que le dimos a ese ser en vida. Mi hermano amó a su mascota. Su muerte fue una desafortunada decisión. A veces nuestras irresponsabilidades son intrascendentes, a veces son fatales. ¡Qué le digo! Caprichos del destino.

¡Huerquilla, me estás tratando de convencer de que perdone a mi papá! —Lo gritó con el acento más regio que he escuchado en mi vida. Iba a responderle afirmativamente, aunque eso me trajera consecuencias, pero una escena vergonzosa interrumpió nuestra plática. 

Del otro lado del monstruoso patio, el asqueroso Renacuajo empujaba a Grillo retándolo a una pelea, me sorprendió que lo hiciera delante de su hermano Toro, quien se notaba temeroso de intervenir. Cuando me acerqué corriendo lo alcancé a oír decirle con su horrible voz de payaso “¡a ti qué chingados te importa si no le hablamos a mi papá, verga! Ese es asunto nuestro”. Grillo hacía lo posible por tranquilizarlo, yo estaba dispuesta a rajarle su madre, pero cuando me arremangaba el suéter y apretaba los nudillos, una mano ardiente se apoyó sobre mi hombro. Más que lastimarme, la sentí como una fuente de luz y de calor que extinguió mi sed de sangre en segundos. Era la tía Zopilota, quien le dio un chiricuazo tan fuerte al Renacuajo que encendió las alarmas de todos los carros en la calle.  


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