GALLO
¡Tremendo sopapo! ¡Madrazo! ¡Zape! ¡Coscorronazo! ¡Chiricuazo, como dicen los regios!
Alcancé a ver cómo una lagrimita lastimera se arrastraba por el cachete escurrido de Renacuajo. Le echó ojos de pistola a su hermana, pero no dijo nada, únicamente se sobó la nuca aguardando una explicación.
— ¿Cuándo en esta casa hemos tratado mal a un invitado, Renato?
— No, pero es que…
— ¡Te hice una pregunta, cabrón!
— No, pu’s nunca.
— No le vas a faltar el respeto a nuestros valores con tus pendejaditas inmaduras. ¡Órale! ¡Pídele una disculpa al joven! —Renacuajo volteó a ver a su esposa y sus hijos, que lo miraban con pena.
— ¿No te estarás excediendo un poquito, hermana?
— ¿Cómo dijiste? —El hermano menor seguía viendo a su familia, avergonzado.
— ¿De veras es necesario?
— No te lo voy a volver a pedir.
El hijo alucín de Renacuajo, Jasson, volteó a verme. No le escondí mi risa de satisfacción. Estaba gozando la arrastrada que le ponían a su papá. Eso no lo detuvo para que se me acercara.
— Amiga… Amiga… ¡Amiga!
— ¡Ah, que la…!
— Tu novio tuvo la culpa.
— No es mi novio.
— Abrió la boca de más.
— ¿Y?
— Dile a mi tía que fue su culpa.
— ¿Por qué lo haría?
— Se ve que le caíste bien a mi tía.
— No voy a defender a tu papá.
— Ándale. Es que no se vale que mi tía lo humille de esta forma.
No sé qué le pasó a ese tipo, Renato. Entiendo que nos advirtieron que eran violentos, pero realmente no le hice nada. Primero me reclamó cuando salí del baño por supuestamente habérmele quedado viendo, pero no creo que de veras haya sido por eso. Lo pensé justo cuando su hermana lo estaba cagando delante de todos. Me di cuenta de que su hijo se le acercó a Salamandra de una manera… ¿rara? Se le pegaba mucho. Como que hacía ademanes de quererla tocar. Le ponía los labios muy cerca de su oreja. Se me hizo sospechoso, como que siento que el asunto de echarme bronca iba más por un tema de celos de su chavo o algo. Además de eso, me entró una preocupación por mi compañera. No iba a dejar que nadie la incomodara. Estaba yendo a apoyarla cuando la tía Zopilota me llamó.
— A ver, muchacho, acércate.
— ¿Cómo?
— Que te acerques, ¡ándale!
— Eh…
— Ándale que te van a pedir disculpas.
— Pues… bueno —no sé por qué le hice caso. No sé por qué no fui a ayudar a my partner. No lo sé, sólo sentí mis pies moverse hacia el centro del patio.
— Órale pues, Renato —jamás había sentido una mirada tan pesada como la de ese tipo. Lo suficientemente pesada para hacer que me encorvara. Sentí un poco de mareo. Todavía llego a tener pesadillas con esos ojos de hater.
— Está bien, hermana, pero al menos me gustaría explicarte lo que pasó.
— Bueno, es que, yo estaba hablando con el señor Arturo, salió el tema de su papá, ¡ya sé que es un tema poco agradable para ustedes!, es sólo que salió espontáneamente en la plática y vi que su hermano no tuvo inconveniente en hablar de eso, entonces el señor Renato nos escu…
— No me importa. No me tienes que dar explicaciones. Aquí no tratamos así a un invitado, menos a alguien que nos ha hecho un favor, menos a un jovencito como tú. ¿Qué tienes?, ¿cómo 17 años?, mi hermano tiene 50. De ninguna manera voy a permitir que en mi casa se cometan ese tipo de abusos —la mirada de Renato era más densa. Empecé a sentir un ardor interno, dolor en las articulaciones y presión en el pecho. Volteé a ver a Salamandra y eso empeoró las cosas: su plática con Jasson me tenía bastante intranquilo—. ¿Estás bien, hijo?
— Sí. Es sólo que…
— ¡Ándale, Renato, Carajo! ¿No ves que se está poniendo mal el chico? —Su hermano retiró la pesada mirada de mi cuerpo y vio a su esposa con impotencia.
— Perdón.
— ¡Más fuerte! —Lo vi murmurar una maldición inaudible.
— ¡Perdóname, hombre!
— No se preocupe, señor —dejó salir una risa chillona que se escuchó como un globo desinflándose. Pude ver sus dientes cafés y sus encías moradas. Se pasó la lengua por el esmalte de sus colmillos. Jadeaba como un perro asmático. Mis pies ahora me llevaron hacia Salamandra.
Cuando don Renacuajo perdió la dignidad frente a su familia miré al apestoso Jasson con una satisfacción que no me cabía en el pecho. El tipo aceptó la derrota, pero no se alejaba de mí. Tenía su aliento a res muerta penetrando en mis poros. Me separé un metro de él y, como si estuviéramos dentro de un resorte, se movió al mismo tiempo hacia mi dirección.
— ¿Te puedes hacer para allá?
— ¿Por qué?
— Ok. Seré más clara: ¡hazte para allá!
— Tú y tu novio son muy groseros.
— ¡Pinche madre! ¡No es mi novio! ¿Cuántas veces voy a repetirlo?
— ¿De veras no son novios? Mi tío Jorge nos dijo que sí eran.
— ¿Quién?
— El señor gordo de allá, el que tiene la gorra de gallo.
— Pues les mintió.
— ¿En serio? ¡Eso está con madre!
— Si no te mueves te voy a aplicar la que le hizo tu tía a tu papacito.
— No, pues que a toda madre que no tengas novio.
— Una…
— Así te puedo invitar a Monterrey.
— Dooooooos…
— Vamos a ir dentro de 8 días.
— Te lo advertí —mi palma no le sacudió las ideas al engendro ese porque resulta que mi alegre compañero tuvo la brillante idea de detener mi brazo—. ¿Qué haces?
— Salamandra, no inventes, no hagas pendejadas.
— ¿Por qué me tocas? —Me liberé de su restricción jalando con fuerza mi brazo hacia abajo.
— ¿Cómo crees que le vas a pegar?
— Pinche chirigüillo, ¿por qué no defendiste a mi papá?
— ¿Chiri qué?
— ¡Ash!
Ahora yo tomé del brazo a Grillo para llevármelo lejos de ese estúpido. Jasson regresó con su papá amenazando con los ojos a “su enemigo”. Él y yo empezamos una muy necesaria conversación en un rincón del patio.
— Creo que va siendo hora de establecer ciertos acuerdos en el equipo.
— Perfecto. Empiezo yo: no tomar decisiones unilaterales. Apegarse al plan.
— No. En realidad empezaré yo: nos vamos respetando. Tú y yo no tenemos por qué tocarnos.
— Lo golpeas, ¿y luego qué? Nos corren, nos madrean o algo peor.
— ¡Ay, por favor!
— Sabes que esta gente es peligrosa.
— No. No lo sé. No me voy a dejar llevar por algo que Caro no nos confirmó.
— ¡Da igual! Ya viste cómo se ponen, pero independientemente de eso, si nos corren no vamos a completar la misión.
— La misión que yo ya estaba completando.
— No. ¡La misión que yo ya estaba completando!
— ¿Ah, sí? ¿Cómo? ¿Agachando la cabeza cada que esta gente nos falta al respeto?
— Se llama tener prudencia.
— Se llama pasividad absurda.
— Tus arranques los estaban desesperando.
— No, en realidad “mis arranques” generaron empatía con la tía Zopilota y nos estábamos entendiendo.
— ¡Baja la voz! Van a escuchar que le decimos así.
— ¡Qué me importa! ¡Zopilota!, ¡Toro!, ¡Renacuajo!
— ¿Renacuajo?, ¿Renato?
— Sí, porque me dan asco. Y el último será el Gallo.
— No tenemos que ponerle apodos a todo el mundo.
— ¿Ya no te parece divertido?
— Me parece irrespetuoso en este momento… y peligroso.
Mientras intentaba mantenerme de pie sobre el terremoto que había desatado Salamandra, vi que Zopilota discutía de la misma forma con su hermano Toro. Afortunadamente por eso no nos prestaban atención. Ella le reclamaba el hecho de haberse escondido durante el regaño a Renato. Arturo se veía muy diferente después de que Salamandra le dijo que parecía un toro. De hecho, me sorprendió que, después de reparar su celular, se acercara a mí para platicar. Como le dije a su hermana, él sacó el tema de su papá; al parecer el terremoto Salamandra lo había sacudido también al mencionar a don Ibraham. Esa reciente suavidad que reconocí durante nuestra plática lo llevó a titubear cuando Renato nos escuchó mencionar a su progenitor y posteriormente cantarme un tiro. Yo diría que de toro pasó a novillo y aún no se sacudía ese estado, ni aunque doña Apolonia le reclamara airadamente.
Pero mientras ellos y nosotros discutíamos, el recién apodado Gallo, el tío Jorge, el gordo, se acercó a la pareja de hermanos para mostrarles algo en una tablet. Movía la cabeza de un lado a otro, no podía creer lo que estaba a punto de mostrarles. Eso llamó mi atención, distrayéndome unos segundos de las pendejadas de mi compañera.
Seguramente Grillo pensaba que le estaba diciendo puras pendejas, es algo típico en los hombres. Jamás reflexionan ni un instante si sus acciones acarrean consecuencias; se van por la fácil, que es tildar de pendejo al prójimo, pero algo en su expresión facial me hizo saber que en el centro del patio estaban sucediendo cosas importantes. Miré hacia donde él y vi a don Gallo, enchilándose con un picoso secreto, mostrarles una tablet a sus hermanos. Reprodujeron un video.
Por el ruido era difícil oír, pero alcancé a escuchar mi voz.
No se escuchaba mucho, pero reconocí mi voz.
También la de Salamandra.
Y la de Grillo.
Zopilota se puso las manos en la cintura.
Toro apoyó su barbilla en un puño y con la otra mano sostuvo su codo.
Gallo se reía.
Gallo sacudía las manos como si supiera que alguien estaba a punto de ser descubierto.
No lo voy a negar, me temblaron los pies.
La verdad sí se me cayeron un poquito los chones.
Vi a mi compañera.
Mi compañero me miró con la misma cara que yo lo veía.
Olvidé por un momento el reciente acuerdo que acabábamos de tomar y la agarré de la mano.
Qué hipócrita soy. Le dije que no me tocara, pero apenas vi a Zopilota acercarse encabronada hacia nosotros tomé la mano de Grillo.
Los pies autónomos que se mandaron solos hace unos momentos ahora no querían moverse.
Sí nos congelamos un poquito.
Apreté su mano.
Apreté su mano.
Y dejamos que el destino nos pasara por encima.
Y le hicimos frente al destino, como una rama que intenta frenar una avalancha.
— A ver, muchachos, ¿me pueden explicar qué es esto?
— Eh…
— Pues…
— Son ustedes los que salen en el video, ¿verdad?
— ¿Esos? No, esos no… Ah… No. Esos sí somos nosotros.
— Son famosos, por lo que veo.
— Yo no diría que somos precisamente famosos.
— Bueno, lo suficientemente famosos para que una niña de 7 años, como mi nieta, los reconociera.
— Pues a lo mejor sí un poquito famosos.
— Y ella le enseñó este video a mi hermano Jorge, donde los entrevistan y toda la cosa.
— Sí. Bueno. No fue para tanto, la verdad.
— La Dulce Compañía. ¿Así se llaman?, ¿y a qué se dedica La Dulce Compañía?
— Pues a unas cositas, ya sabe.
— Aquí dice que a “hacer que las cosas sucedan”.
— Sí. No es pa’ tanto, ¿eh?
— Les ayudaron a estos fresas a conseguir una bodega para una fiesta, y a esta huerquilla a ir a un concierto.
— Ja, ja. Sí. ¡Qué cosas!
— Se me hace muy noble de su parte.
— Gracias.
— Creo que ya nos tenemos que ir…
— ¿Qué más van a hacer?, ¿me cuentan?
— Pues aún no lo decidimos, pero ya tenemos que ir…
— Son capaces de cualquier cosa, ¿no?, me imagino que hasta de lograr que una familia se reconcilie.
— ¡Ay! No, ¿cómo cree? Eso ya sería mucho.
— Sí, porque para empezar, ¿para qué intentarían meterse en un asunto que no les incumbe?
— Eh…
— No sería educado.
— ¿No?
— ¡Mucho menos si la familia no se los pidió!
— ¿Usted cree? Ja, ja.
— Y si esa familia no los conocía antes, ¿cómo chingados ustedes podrían saber de sus problemas?
— …
— …
— Fíjense. Eso se me haría más grave que el hecho de que un anfitrión le falte al respeto a su invitado; que el invitado le falte el respeto al anfitrión es algo que tolero todavía menos.
— …
— …
………………………………………………………………………………………………..
— ¿Quién?
— Buenas tardes.
— ¿Quién es?
— Somos unos amigos de su nieto.
— ¿De Román?
— ¡Ándele! ¡De ese!
— Romancito no está.
— ¿Como a qué hora llega?
— Yo creo en la noche.
— ¿Podemos esperarlo?
— Sí.
— ¿Adentro de su casa?
— No.
— Seño’, es que somos hermanos de la novia de su nieto y estamos preocupados por ella.
— ¡No me digan! A ver, dejen les abro.
Comentarios
Publicar un comentario