TORTUGA

Los juegos del destino son impredecibles. No es como que simplemente diseñes una estrategia para ganarlos, tampoco hay estadísticas que ayuden a predecir su resultado. Nadie se ha dado a la tarea de descifrarlos porque hasta el día hoy todavía se duda de la existencia del mismo destino. Yo era uno de los escépticos, pero en este momento me declaro firme creyente de su poder.

Estaba yo lidiando con la ansiedad que me dejó el hecho de no haber liberado a los canarios de Granito. Me pasé toda la noche en vela, tratando de explicarme mi desidia. ¿Por qué dudé? ¿No se suponía que iba a hacer que las cosas sucedieran? Un instinto desconocido me ordenó que los liberara, que ellos anhelaban libertad, pero los argumentos de Granito para dejarlos tras las rejas sonaron bastante razonables. Sin embargo, me fui a la cama con dudas sobre mi decisión. ¿Hice o no hice lo correcto? Porque hacer que las cosas sucedan no sólo se trata de motivar un cambio y ya, debe ser un cambio para bien. Liberar a los gordos tal vez no sería un cambio para bien o tal vez sí.

Cuando amaneció yo no había juntado las pestañas y agradecí que era mi día de descanso, porque no tenía combustible para irme a arreglar celulares. Tomé la bici y salí a meditar las cosas.

Me sentía mal por no responder los mensajes de Salamandra, pero tenía dudas de nuestra misión y, dado que eso era lo único que alimentaba nuestro vínculo, no tenía caso que habláramos hasta que estuviéramos seguros de continuar.

Así como no podía trabajar tampoco me salían los trucos en la bici. Mi cabeza hervía en dudas. No podía continuar así. Tenía que tomar una decisión con respecto a nuestra misión y dicha decisión no la podía tomar unilateralmente. Como soy una persona que prefiere decir las cosas cara a cara, fui a buscar a Salamandra en lugar de contestarle los mensajes.

Tomé el coche de mi tío sin su permiso. Me estacioné afuera del edificio donde vive my partner y esperé a que llegara de la escuela, pero eso no sucedió. Entonces entendí que lo mejor era llamarla y estaba a punto de hacerlo cuando me topé con un alarmante llamado de atención: un grito de una mujer.

Bajé del coche, giré sobre mi propio eje para hallar a la mujer en apuros, detecté que el sonido angustiante provenía de unas calles atrás, corrí en esa dirección. Y al toparme de frente con ella descubrí que no se trataba de un agente externo el que la obligaba a gritar, sino de un agente interno que irrumpía con violencia en nuestra realidad.

Era una mujer joven, como de 25 años, con el cabello largo largo, las uñas grandes grandes, las pestañas negras negras, los párpados gruesos gruesos y la barriga enorme enorme. No había visto una barriga tan enorme en mi vida, pareciera una serpiente que se devorara un conejo. La chica era menudita y enanita, por eso me sorprendió tanto que cargara esos kilos en su panza. “¡Ayúdame!”, me berreó e instintivamente me acerqué a ella.

    ¿De qué es este charcote?

    ¿Pues no estás viendo?

    ¿Ya va a nacer?

    ¡Pu’s sí!

    ¿Estás sola?

    ¡Pu’s sí!

    ¿En serio no hay nadie que te ayude?

    ¡Deja de hacer tantas preguntas y llévame a la clínica!

    Ok. Te llevo. Sólo deja acerco mi carro.

Durante el viaje no oí otra cosa más que berridos. Me pasaba los semáforos, me les metía a todos, me metía en sentido contrario, esquivaba peatones y aún así la chica no dejaba de gritarme que me apurara. Estaba impactado. Nunca había sentido que una vida entrante amenazara mi vida ya en curso.

Al fin llegamos a la clínica, pero no me salvé de un último reproche: “¡qué lento eres! ¡Manejas como tortuga!”.

Me bajé para intentar hablar con unos enfermeros que estaban en la entrada, pero la chica bajó el vidrio del carro para darles órdenes.

Una vez que la trasladaron a una sala no sabía si entrar o retirarme. La desidia seguía morando en mi cabeza. No quise verme lento como una tortuga y decidí entrar y ver si podía localizar a algún familiar del futuro recién nacido y su mamá.

Dentro de la clínica me preguntaron como 5 veces si yo era el papá. Me sorprendió que vieran en mi persona a un sujeto capaz de crear vida. Negué ser el padre de la criatura y mejor tomé prestado el celular de la futura recién mamá para llamarle al verdadero co-responsable de todo este desmadre, nadie respondió. Llamé al abuelo, tampoco respondió; la abuela, tampoco. Inhalé y exhalé.

Me quedé a ver si podía ayudar en algo más. Después de hacer unas indagaciones descubrí que la chica había tenido un embarazo riesgoso. El parto podía complicarse. Decidí quedarme porque una pequeña señal de alarma en mi cabeza me decía que tal vez debería prepararme para dar malas noticias a una familia que no conocía. Si de esto se trata la paternidad y la maternidad creo que no me animaré a dar ese paso.

Mi contacto (un enfermero del que me acababa de hacer amigo) me informó que las cosas en la sala de parto no iban nada bien. En términos más o menos médicos —creo yo— me hizo saber que tanto la madre como el bebé corrían el riesgo de morir. Mira, ella no era nada de mí, pero me dio tanto miedo que me escondí en mi caparazón de tortuga.

“Ojalá estuvieras aquí, Salamandra”, pensé. Esa misión no la podía resolver yo solo. Necesitaba del apoyo moral, intelectual y emocional de my partner. Seguramente ella sabría cómo manejarlo.

Un caparazón de tortuga es un sitio muy grande, oscuro y frío para un grillo; además, me aturde el eco de mis cri-cris intermitentes, pero a la vez es un lugar seguro. Me puedo esconder ahí, pero en algún momento me sentiré asfixiado. Antes de que eso sucediera, y después de horas de refugiarme ahí, mi nuevo colega me sacó a rastras.

    ¿Pudiste contactar a algún familiar?

    ¿No ves que estaba metido en mi caparazón?

    ¿Qué?

    Nada. Llevo horas intentándolo, pero nadie me contesta.

    ¿Qué le pasa a esa familia? ¿Cómo pueden abandonar a esta chava en un momento así?

Torcí la boca. Pocas veces entiendo lo que pasa en mi familia, ¿cómo voy a entender lo que pasa en otra?

Cuando vi en el espejo mi piel agrietada entendí que mi metamorfosis de grillo a tortuga se estaba completando. Llevaba tantas horas usando un celular ajeno que me olvidé de usar el mío. Saqué mi teléfono, inserté el pin de desbloqueo y vi un mensaje que alborotó mi atención: Salamandra estaba renunciando a la misión. ¿Qué habría pasado para que decidiera algo tan drástico? Salí del baño y vi a my friend encoger los hombros y mover la cabeza de izquierda a derecha. Presentí que yo también estaba por abortar la misión. Si ese bebé y esa mamá morían… Fracaso. El equipo de hacer que las cosas sucedan no debe permitirse tantos fracasos. Si fallamos tanto es porque no estamos listos. Tal vez el destino que supuestamente nos juntó no existía o tal vez nos mintió dándonos falsas esperanzas.

Abrí la conversación con Salamandra, leí sus mensajes y me preparé para darle la razón. “Estoy de acuerdo. Veámonos en tal lugar a tal hora y enterremos este castillo de ilusiones que juntos construimos”. Eso era lo que estaba escribiendo cuando un estruendoso berrido me obligó a refugiarme de nuevo en mi caparazón.  

Primero fue un llanto, luego otro; abundantes lágrimas, luego más. Había sangre, muchas voces, sudores. Mi amigo el enfermero se llevó las manos a la cara. No podía creer aquel milagro que estábamos presenciando. Yo no me atrevía a salir del caparazón, veía todo por el pequeño hueco por el que sale la cabeza. La doctora salió a buscarme confundiéndome una vez más con el papá. Yo me asomé ligeramente fuera de mi búnker, con timidez. Le aclaré que el recién padre no era yo y que el verdadero responsable no me contestaba las llamadas, cuando entonces sonó el celular de la chica menudita. Contesté: “ajá… Sí… Ajá… Se lo juro… Ajá, estamos en la clínica… Ajá, en esa. Apúrese porque aquí hay una bola de carne ensangrentada y chillona que lo quiere conocer”. Colgué.

Una vida permaneció y otra vida se sumó; una familia creció. Una misión permaneció y otro éxito se sumó; un equipo sobrevivió. Una clara victoria del destino, si me lo preguntan.

Fumaba un cigarro afuera de la clínica cuando me interceptó Salamandra.

    Hello.

    Ciaocito.

    Dame un abrazo.

    ¿Cómo estás?

    Bien cansado. Experimenté lo que se siente ser padre sin serlo.

    ¡Caramba! Tremendo, ¿no?

    Tremendo.

    ¿Qué opinas de todo esto?

    Pues el destino, ¿no?

    ¿Sí?, ¿crees?

    Ya lo creo.

    Creí que el destino quería que paráramos.

    Yo también lo creía en la tarde, por eso fui a buscarte.

    Pero ahora tenemos una señal.

    Luz verde.

    Para continuar.

    Para seguir haciendo que las cosas sucedan.

    Pero en equipo o fracasaremos.

    Como pasó con el teporingo. Lo lamento mucho.

    Y yo lamento lo de los canarios. No volveremos a trabajar solos.

    Lo de hoy fue un golpe de autoridad del destino. No volveré a dudar de su existencia.

    Un golpe de autoridad y un llamado de atención para que te prepares para ser padre.

    No sé si quiero.

    ¿Ni casarte?

    No sé. ¿Tú sí?

    ¿Yo? No, yo no sé, yo no sé nada.

    Pues yo tampoco… Eh… Este… —nuestros ojos coincidieron y nuestras manos se llamaban. Se agigantaron nuestras pupilas. Sentí electricidad en las puntas de mis dedos— ¡Ay! Este, te iba a decir algo.

    Ajá… Dímelo.

    Tuve miedo.

    ¿De qué?

    De volverme tortuga.

    Ah… —el frenesí se derrumbó¿Por qué te ibas a volver tortuga?

    Estaba creyendo que mi personalidad iba más con la de una tortuga, pero tú me viste como un grillo, entonces creo que seguiré siendo un grillo. Te creo.

    Ja, ja. Bueno, sí. Eres un grillo, pero resolviste esta misión como tortuga: lento, pero seguro —nuestros dedos chocaron y sentimos estática fluyendo a través de ellos. Los separamos con temor.

    Bueno, también te iba a decir una cosa.

    Ajá…

    Si vamos a seguir con esto…

    Sí…

    Deberíamos ponerle un nombre a nuestro equipo.

    ¡Yo estaba pensando lo mismo!

    ¿Tienes una idea?

    Sí —pegó sus labios a mi oído y me cantó un susurro.

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