TEPORINGO: PARTE 2
— Cristal.
— Román.
— ¿Te acuerdas cuando yo te decía Salamandra?
— ¿Y yo te decía Grillo?
— Estábamos empeñados en hacer que las cosas sucedieran.
— Ja, ja. Sí.
— ¿Qué nos pasó?
— No lo sé. En verdad no lo sé.
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— ¡Suéltenme!
— Nadie te está agarrando.
— Payasa.
— ¡Déjenme ir!
— No. Le robaste a mi mamá, otra vez. Estás cabrona.
— Tienes pedos.
— No tengo tiempo de explicarles nada. ¡Me tengo que ir!
— No te vas a ir. Vamos a esperar hasta que mi mamá regrese y le vas a explicar tu desmadrito.
Caigo en cuenta de que fallé
como una ninja. No sólo no fui invisible, no sólo dejé que me descubrieran al
dejar caer la caja musical, tampoco preví que Ismael estaría detrás de la
puerta. Y para acabarla de amolar, no traigo bombas de humo o un shuriken o
unos chacos. Soy la ninja peor preparada de la historia.
— ¡Por favor!
— ¡Que no!
— Somos hermanos.
— Ay, ya vas a chillar. Siempre quieres resolver todo chillando.
— ¿Eres consciente de todos los pedos que le estás causando a mi jefa? Estás haciendo que la familia quede en ridículo. ¡No manches! Ponte a pensar.
— ¿Y ustedes son conscientes de lo que hicieron? ¡Cómo se les ocurre darle aguacate a un teporingo! ¡Es tóxico para ellos! —eso creo—, se está muriendo y tenemos que llevarlo al veterinario.
— ¿Cuál teporingo?
— Sebastián.
— Sebastián es un conejo.
— ¿Por un conejo estás haciendo todo este pancho?
— Unas pinches bestias como ustedes no saben apreciar una vida que no sea la suya, pero yo sí. Rigoberto me está esperando allá abajo. Mientras discuto con ustedes el pobre Sebastián se está muriendo.
— ¡Deja de chillar! Cómo me caga la gente chillona. No te vas a ir y ya.
Inútiles mis esfuerzos por
golpearlos, a estos monigotes no les afectan en nada mis nudillos ásperos.
Además, Mauricio recogió los billetes; le doy un golpe bajo, pero Ismael me
sujeta. Estoy agotada de forcejear con ellos. La frustración me amenaza como un
tifón a una costa serena. Caigo de rodillas y pinto el piso con el goteo salado
que escurre de mis ojos. Fue una mala idea querer completar esta misión sola.
Necesito a mi compañero de equipo, con él ya la habría consumado.
— ¿Qué hacemos? ¿Le hablamos a mi mamá?
— No, no hay que molestarla. Mejor la esperamos. Mientras, que nos haga de comer en lo que regresa mamá, sirve que así desquita todo lo que no ha cocinado en días.
— Pero ya no hay comida. Hay que salir a comprar algo. Lánzate al mercado.
— Ah, pinche Rigo, en lugar de estar cuidando a su moribunda rata, ya hubiera ido a comprar las cosas. Puros hermanos inútiles tenemos.
— Ya lánzate.
— A ver, dame los billetes, ya después le decimos a mamá que le agarramos para la comida, porque nosotros le pedimos prestado, no le robamos, ¡eh!
El tarado de Ismael me quiere
dar lecciones de moral a mí. Lo ignoro con absoluto desprecio. Abre la puerta
para salir al mercado. Le pico los ojos a Mauricio. Me arrojo hacia la salida. Ismael
se voltea para atraparme, pero detengo mi carrera justo cuando veo una silueta
dibujarse debajo del marco de la puerta. Ismael descubre mis ojos brillantes y
llenos de júbilo, entiende que hay problemas detrás de su espalda, voltea con
la ansiedad desbocada y en eso su cachete barroso amortigua el golpe de un tubo
que es proyectado por Rigoberto. 5 barros revientan al mismo tiempo derramando
pus y sangre por los cachetes del tarado. La distracción me permite arrebatarle
los billetes. Tomo la mano de Rigoberto, me rescata. Jamás creí que fuera capaz
de hacer una cosa así. Cierro la puerta con una patada ninja, he recuperado mis
habilidades. Encerramos a los imbéciles con llave y bajamos a toda velocidad al
cuarto de limpieza.
— ¿Cómo está Sebastián?
— Todavía respira.
— Ten fe.
— La tengo.
Después de 2 rechazos, el
tercer taxi nos hace la parada. Sebastián no puede mantener los ojos abiertos y
ha dejado de moverse. Parece que la batalla contra la parca está por perderse.
Llegamos al veterinario. Nos
disculpamos con las mascotas que están esperando a ser atendidas, pero
irrumpimos en el consultorio. Tras una cascada de balbuceos por fin ordenamos
nuestras ideas y le explicamos al veterinario la emergencia. Sebastián es
atendido con seriedad y el profesional de la salud animal confirma que todo es
obra del maldito aguacate; malditos de mis hermanos y maldito su cerebro de
cacahuate, maldita la muerte de los seres que amamos.
— ¿Se puede salvar?
— Eh… Yo creo que…
— ¡Míreme a los ojos! ¿Se puede salvar? —Me mira a los ojos.
— Quizás si lo hubieran traído una hora antes habría más posibilidades. Les pido que salgan un momento a la sala de espera mientras hacemos todo lo posible por mantenerlo con vida.
Mientras camino debajo de la
puerta volteo a ver al pequeño Sebastián, el veterinario lo acaricia con
ternura, como si quisiera brindarle confort en sus últimos momentos.
Rigoberto se deja caer sobre
una silla, mira al techo con los ojos nublados. Sus manos débiles se engarrotan
sobre sus rodillas.
— Dijiste que tenías fe.
— La tengo.
Sé lo que dice porque leo sus
labios, pero realmente no alcanzo a escuchar su voz. Lo que sí escucho son
ladridos, graznidos, maullidos, cacareos, gruñidos; tortugas moviéndose como
juguetes de tracción, loros gritando barbaridades y ranas, las hermosas ranas,
los animales más maravillosos del mundo, haciendo “croar-croar” y “toc-toc”
cuando se adhieren a los cristales de sus peceras. Me acerco a una de ellas que
tiene un naranja flamígero en su babosa piel. Le enseño mi tatuaje, le digo que
el personaje plasmado en mi brazo se parece a ella. La rana incandescente me
mira, luego mira arriba, luego abajo, a la derecha y a la izquierda. Sus ojos
movibles me marean. Infla la barriga haciendo “croar” y en un magnífico acto
circense salta del cristal a una rama imitando a una estrella fugaz. Pido un
deseo: que se salve Sebastián.
La puerta del consultorio se
abre. Rigo sale de su trance y evapora sus lágrimas. Yo salto como una rana
ninja hacia donde se posiciona el veterinario.
— Croar, ¿verdad que pudo salvarlo?, croar.
— Eh…
El veterinario pasa por alto
mi apropiación del vocabulario ranil. Voltea a ver a Rigoberto, tuerce la boca,
encoge los hombros, arquea las cejas, descansa su palma sobre el hombro del
mejor amigo de Sebastián y mi hermano se rompe como una ventana perforada por
un balón de futbol. Yo recojo los pedazos lo más rápido que puedo para volverlo
a armar, pero no logro reproducir su forma original. Rigoberto no será el mismo
y tendrá que mirar en el espejo, todos los días, la cruz marcada en su frente
con el nombre de Sebastián.
— Su epitafio dirá que fue el teporingo más amado de todo el Universo.
— Eh… Señorita, este animalito no era un teporingo, era un conejo.
— ¡Era un teporingo! —Dice Rigoberto con decisión— Mi hermana lo conocía mejor que nadie porque ella sabía alimentarlo bien, ella jamás le habría dado algo que lo enfermara. Si ella dice que era un teporingo pues era un teporingo, ¿ok?
¿Misión fallida?
Sí.
Confirmado. 100 % confirmado
mi fracaso.
Ahora estamos en el funeral de
Sebastián. Únicamente asistimos Rigoberto, mi madrina —quien nos prestó su
patio para enterrarlo— y yo. La congoja nos consume a todos, aunque mi madrina
no lo conocía, pero nos cree cuando le decimos que era un animalito muy bueno.
Rigo le ofrenda unas palabras conmovedoras, yo declamo un poema y madrina
enuncia un “que en paz descanse” más que suficiente. Arrojamos rosas blancas
sobre el montón de tierra donde yace. Colocamos una cruz y yo le clavo una
tabilla con su epitafio:
“Sebastián.
2020-2024
Amado
teporingo de la familia Vázquez Jurado.
La
mascota más amada del Universo.
Abandona
nuestras vidas como una estrella fugaz y se funde con la eternidad.
QEPD”.
Rigoberto es consolado por mi
madrina.
Yo reviso mi celular. Grillo
sigue sin contestarme ni ver mis mensajes, le envío un último mensaje:
ya se
porque me ignoras sientes que nuestra empresa de acer que las cosas zucedan ah
fracasado, yo opino lo mismo quisas haci lo quiso el destino, acabo de fracazar
en una micion y me huviera encantado fracasarla contigo, Tal ves pienses que ya
no hay motivo para volvernos a vernos y
iop opino lo mismo, está es nuestra depedi…
Visto
Escribiendo…
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