TEPORINGO: PARTE 1
— Pinche Cristal, güey.
— ¿Ahora qué hizo?
— Se madreó al don Rodo.
— ¡No mames!
— Te lo juro.
— ¡No mames!
— Por ésta, bro’.
— ¿Por qué, güe’?
— Está loquita de su cabeza, ya sabes. Que porque la vio con su novio.
— Pinche Cristal. ¿Entonces mi jefa sí tenía razón?
— Sí, pues se hace pendeja, pero es obvio que anda con un vato.
— ¿Y qué hizo el Rodo?
— Se echó a correr, ja, ja, ja, ja.
— Qué puto.
— Igual que tu carnal.
— Lo invocaste. Ahí viene.
— Ya le cayó caca al pastel.
— ¡Oigan!
— ¿Qué quieres?
— No han visto a Cristal?
— Ha de estar con su güey.
— Me urge verla.
— ¿Para qué?
— Mmmm… Para algo.
— Pues aquí no está. Se está escondiendo de mi mamá. Aparte de lo del Rodo, la suspendieron de la escuela y aparte de todo eso lleva días que no me plancha mis camisas.
— Y que no nos hace el desayuno. La pobre de mi mamá lo tiene que hacer. Pobrecita, siempre anda bien ocupada.
— Pinche Cristal.
— Pinche ociosa.
— ¿Sí le ha dado de comer a tu conejo?
— Este… Sí. ¡Digo! No.
— ¡Decídete!
— Bueno, si la ven le dicen que me busque.
— No somos tus esclavos.
— Por favor.
— ¡Ya llégale!
— ¿No ves que estamos jugando?
— Ya me voy.
— ¡Pero ya!
No han sido días fáciles para
mí. El viejo chismoso se echó a correr y les contó a todos que yo y “mi novio”
lo habíamos golpeado. Mi mamá estaba lo que le sigue de enojada. Me tuve que
quedar unos días con mi madrina. Aparte, me suspendieron de la escuela por
decirle una grosería al maestro. Si no fuera por aquel gato que encontramos y
por lo feliz que se puso Tecolote, mi vida sería una ruina. El hacer que las
cosas sucedan me tiene motivada. Quise
hablar con Grillo para planear nuestra próxima misión, pero no me contestó
anoche. Es raro, nunca se tarda en responderme los mensajes.
Me estoy picando la nariz
cuando mi madrina me dice que me buscan en la puerta.
— ¿Quién?
— Un hombre.
— ¡Grillo!
No es Grillo, es mi hermano
Rigoberto.
— ¿Cómo supiste que estaba aquí?
— Tu madrina es la única persona que te soporta.
— ¡Eso no es cierto!
— Necesito un paro.
— No tengo dinero.
— No es eso.
— Siempre es eso.
— Es algo importante.
— No me interesa.
— Es sobre Sebastián.
— Sí me interesa.
— Algo le pasa.
¡Perfecto! Es una nueva oportunidad de hacer que las cosas sucedan.
— ¿En serio?
— Sí.
— ¿No es una trampa para regresarme a la casa?
No me contesta. Se muerde los
labios y agacha la mirada. De verdad se ve devastado. Enjuaga el piso con sus
lágrimas. Algo está pasando en serio, muy en serio.
Corremos hacia el edificio,
pero le digo que no voy a entrar. Le pedimos permiso al portero para usar el
cuarto de limpieza.
Rigoberto sube y baja en un instante.
De sus huesudos dedos cuelga una jaula oxidada que tira canicas de caquita por
las rejas. Adentró está Sebastián, con una agonía abrumadora. Puedo ver su esqueleto
debajo de su raquítica piel. Su estómago se infla como un globo pegado a un tanque
de oxígeno. Sus patitas se le mueven con espasmos sincronizados con la tragedia.
Es una orquesta fúnebre la que exhala su aliento afligido. Otra vez padezco un
tornado de 1000 mariposas en mi estómago.
— ¿Desde cuándo está así?
— Desde hoy en la mañana.
— ¿Sí le has dado de comer?
— Sí, pero la verdad, tú eres la que sabe alimentarlo mejor.
— Su dieta es muy básica, Rigoberto, ¡es un teporingo!
— No es un teporingo, es un conejo.
— Yo lo veo muy teporingo.
— ¡Obvio no! En fin, sí le he dado de comer, pero…
— ¿Qué?
— Pues es que estábamos comiendo tacos de chicharrón y Mauricio y el Isma me dijeron que le diera.
— ¿Le diste chicharrón?
— No. Le di aguacate.
— El aguacate no es malo para los teporingos, ¿o sí? —Rigo encogió los hombros.
— ¿Qué hacemos?
— Pues hay que llevarlo al veterinario.
— Se ve muy mal, ¿sí crees que llegue? ¿Lo vamos a tener que dormir?
— Cuanto más nos tardemos, más se nos muere. ¡Ándale! ¡Vamos ya!
— Pero hay un problema.
— ¿Cuál?
— No tengo dinero.
— ¿Ya ves? Te dije que siempre se trata de dinero.
— ¿Tienes que me prestes?
— Nada. Vamos a tener que robarle a mi mamá, otra vez.
— Yo nunca le he robado a mi mamá
— ¿Neta? Bueno, entonces tendré que hacerlo yo, no creo que tú seas capaz.
— ¿Vas a subir?
— Sí.
— Pero te van a ver Ismael y Mauricio.
— ¿Y?
— No te conviene encontrártelos.
— A ellos no les conviene encontrarme a mí. Por su culpa el pobre Sebas está así, se las voy a cobrar.
— Más que nada, no te conviene encontrártelos porque te pueden cachar robando.
— Eso sí. Bueno, subiré con cuidado.
— ¿Segura que puedes hacerlo?
— Déjamelo a mí —le guiño el ojo—, soy un experta en hacer que las cosas sucedan.
Utilizo las habilidades ninja
que no sabía que tenía para introducirme en el edificio. Subo las escaleras de
puntitas. Me paro detrás de un pilar cuando una vecina sale de su casa. Gateo
sobre el pasillo hasta nuestra puerta. Echo una miradilla por debajo para
monitorear a los idiotas; juegan con el Xbox, traen los audífonos puestos y parlotean
pendejadas. Abro la puerta con cuidado, Ismael voltea y la cierro de sopetón,
me paro detrás de ella con el pecho inflándose y la piel eriza, me toco mi
tatuaje y recuerdo la relevancia de mi misión.
Repito el proceso: monitoreo, el
camino está despejado, giro la perilla, Mauricio voltea, cierro la puerta,
escucho que estornuda y vuelve a parlotear, entreabro la puerta, echo una
miradilla por la rendija, los idiotas miran a la pantalla, meto un pie, meto el
otro, cierro lentamente la puerta, Ismael gira la cabeza, se me ponen los pelos
de punta, sólo se truena el cuello, mira la pantalla, vuelve a parlotear y
corro hacia el cuarto de mama.
Fase 1: ¡completada!
Inicia la fase 2.
La tarea de una ninja
profesional es conseguir su objetivo sin que nadie la descubra. Nadie me lo
dijo, yo lo intuyo por lo que he visto en las películas. Estoy en la recamara
de mamá mirando la ropa interior regada por todos lados y la cama destendida.
Sólo tengo unos minutos; Sebastián está pereciendo y los imbéciles pueden
descubrirme. Sé perfectamente lo que tengo que hacer. Mamá guarda su dinero en
un monedero que deja sobre el buró. Veo el monedero, abro el cierre, meto los
dedos y… ¡No hay dinero! ¡Mierda! ¿Fracasé? No, aún no. Debe de haber dinero
escondido en otra parte, siempre lo hay.
Utilizo un gancho para
levantar los calzones de mamá, cierro los ojos con asco y me tapo la nariz, pero
no encuentro nada. Busco debajo del colchón, debajo de las sábanas y de pronto
me meto debajo de la cama porque Mauricio se para a mear y pasa al lado de la
puerta. Oigo que baja la palanca, oigo sus pasos, oigo cómo rechina el viejo sofá
cuando deposita sus huesudas asentaderas sobre él.
Piensa, Salamandra. ¿Dónde más
podría guardar dinero mamá?
¡En el alhajero!
No. Reviso y no hay nada.
La ninja no puede rendirse.
Escucho a los bastardos decir
que ya tienen hambre y están cansados de jugar. El tiempo se agota.
Observo la habitación. ¿Qué
tengo a mi alrededor? Cajones, no hay nada; bolsas, no hay nada; un baúl, no
hay nada; cajas de zapatos, no hay nada; maletas, no hay nada; un altarcito a
la Santa Muerte, no hay nada; una caja de galletas con hilos, no hay nada; una
cajita musical… espera, si la abro va a sonar y podrían oírme, pero no se me
ocurre otro lugar dónde buscar. Debo ser muy rápida. Abrir la caja, meter la mano
y sacar el contenido. Uno, dos, tres. Fácil facilito. Le he robado mil veces a
mamá, tengo manos de seda. Fácil, muy fácil, pero estoy sudando, temblando. El
estómago de Ismael ruge, Mauricio bosteza. ¡No! Se me acaba el tiempo. ¡Ahora o
nunca! Abro la caja, comienza la melodía, meto la mano, Mauricio se echa un
pedo, ¡qué asco!, anula mi concentración ninja, me tapo la nariz, se me cae la
caja, ¡se rompe la tapa!, la maldita melodía no cesa, ¡oh, no!, ¡oh, no!,
¡cállate, estúpida caja!, veo el dinero, ¡es mi oportunidad!, lo tomo.
Fase 2: ¡completada!
Inicia la fase 3.
Momento de evacuar. El ruido
debió haber alertado a los dos tarados. Mi escape debe ser perfecto. Cruzo la
cama con una marometa, ¡parkour!, cierro la puerta del cuarto para que la melodía
se ahogue. Miro a la sala, una pared tapa la mitad de ella, sólo alcanzo a ver
a Mauricio; miro el premio en mis manos, la vida de Sebastián depende de este
escape. Sólo debo brincar a la sala y salir rápido por la puerta. Da igual si
me escuchan, me echaré a correr. Mauricio sigue mirando a la pantalla, pero de
pronto se levanta para apagar el Xbox. Salto como un felino y llego hasta la
entrada. Mauricio apaga el Xbox, apaga la tele, me ve en el reflejo negro de la
pantalla. Voltea.
— ¡Cristal! ¿De dónde sacaste esos billetes?
— ¡Vete al cuerno, imbécil! Tengo una vida que salvar. Au revoir.
Giro
la chapa. Abro la puerta.
Fase 3: ¡comple…! ¡No! Espera.
¿Dónde está Ismael?
No puedo salir del
departamento porque el bastardo de Ismael me bloquea el camino, su pie se hunde en mi
estómago y mata a 500 de las 1000 mariposas que revolotean ahí dentro.
Caigo de nalgas.
Los billetes regados por el
suelo.
¿Misión fallida?
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