GRANITO
— Granito.
— …
— ¡Granito!
— ¿Qué pasó, hijo?
— ¿Cómo estás, Granito?
— Bien, hijo.
— ¿Ya te trajeron de desayunar?
— Ya, hijo.
— Bueno. Ya me voy a trabajar.
— Sí, hijo.
— Te quiero mucho, Granito.
— Y yo a ti, hijo… Oye, ‘perate. Ven tantito.
— ¿Qué pasó, Granito?
— ¿Cómo estás?
— Bien, Granito.
— Mentiroso.
— ¿Por qué dices eso?
— Se te escucha en la voz.
— Ay, Granito…
— Se te ve en las arrugas de la cara.
— ¡Cómo crees, Granito!
— Algo te está pasando, Romancito.
— Ya no me llamo Román, Granito; ahora me llamo Grillo.
— ¿Grillo? ¿Por qué te cambiaste el nombre? Tienes un nombre muy bonito, te lo puso tu mamá.
— Bueno, las cosas cambian. Nosotros cambiamos.
— ¡Pero qué vas a cambiar tú, hombre, si tienes 15 años!
— Tengo 17, ¡eh!, casi 18.
— ¿Apoco? ¡Ay! Ya eres todo un hombre.
— ¡Cómo crees, Granito!
— ¿Y ya te vas a casar?
— ¡Pero si no tengo novia!
— Me dijeron que te vieron con una jovencita el otro día.
— ¿Quién te dijo? ¿Un “pajarito”?
— Doña Roberta, la vecina.
— Pues le están diciendo chismes. Es mi amiga.
— No te enojes, Romancito. Yo lo digo por tu bien. Ya casi eres un adulto y tú sabes que hay cosas en la vida que se tienen que hacer.
— Pues todavía no.
— Ya sabes que yo no te presiono, lo digo por tu bien. ¡Ándale! Ya vete a trabajar, pero antes dale de comer a mis canarios, ¿sí?
— ¿Cómo están los gordos?
— Bien escandalosos, ¿no los oyes? Dicen que cuando andan así es porque algo bueno va a pasar.
— ¡Ay, no es cierto!
— Ha de ser por lo de tu novia.
— ¡Que no es mi novia!
— Ya vete que te está esperando tu tío.
Alimenté a los gorditos, dejé
a Granito viendo la tele y corrí para alcanzar a mi tío Amaro que ya iba en la esquina.
— ¿No me puedes esperar o qué?
— Tenemos un chingo de trabajo. ¿Sí tapaste bien a tu abuela?
— Sí.
— La otra vez se enfermó por tu culpa.
— La Granito aguanta.
— ¡“La”! Pinche igualado.
— Te digo…
— ¿Ya arreglaste el Galaxy de la de la farmacia?
— Todavía no.
— ¿Y luego?
— Pu’s no sé qué tenga. Ha de ser el flexor.
— ¿Ha de ser?
— Te digo que no sé. Apenas lo voy a abrir.
— ¿Pu’s qué tanto estás haciendo? Ya deja esa pinche bicicleta.
— No, no fue por eso. Tranquilo. Hoy queda.
— Es por tu novia, ¿verdad? Ya me contaron. Ahorita que lleguemos al local hablamos.
Llegando al local intenté hacer
lo posible por evitar la plática incómoda, pero mi tío Amaro no pensaba en otra
cosa más que en su sermón paternal.
— No la vayas a embarazar.
— Te digo… Ni siquiera nos hemos besado.
— No te hagas, bien que sabes que va a pasar.
— No va a pasar nada. Ni somos novios.
— ¿Entonces por qué se ven tanto?
— Somos amigos. Nos gusta pasar tiempo juntos.
— No me quieras hacer güey.
— Pues tú te haces solito.
— Pinches chamacos, ya no respetan nada. Yo sé que creciste sin tus papás y no creas que quiero hablarte como si fuera tu papá, pero alguien te tiene que decir las cosas.
— Sí. Ajá.
— Un matrimonio y un hijo son cosa seria. Ponte a pensar. Tú ya no quisiste estudiar y te pusiste a trabajar. Aquí no ganamos mucho dinero. O te buscas otro trabajo o vas a tener que tener dos trabajos.
— “Tener que tener”.
— Mira, pinche graciosito, Granito ya no va a vivir mucho.
— ¡Granito está bien de salud! ¿Por qué la andas matando? ¡Tú ni eres su hijo, eres su yerno! No hables como si te la supieras.
— ¡Ya sé!¡Ya sé! Lo que te quiero decir es que no le causes molestias a tu abuela. Ella anda preocupada porque te ves con esa niña. De menos preséntasela para que no se preocupe.
— ¿No te bastaron las otras 5 veces que te dije que no somos novios? ¿Te lo tengo que decir 10 más?
— Ponte a arreglar ese Galaxy y ya no me estés contestando. No soy tu papá, pero sí soy tu jefe y aquí me respetas. Apúrate que tiene que quedar hoy.
Quedó en 20 minutos, pero fingí
que no quedaba y así me la llevé hasta la noche. Disfruté ver su cara de apuro
cuando la de la farmacia fue a preguntar por él y yo le dije que todavía no estaba.
En medio del reclamo de la clienta le dije que ya había terminado. Él me volteó
a ver bien enojado y yo nada más disimulando la risa. Sabía que me la iba a
cobrar después, pero tenía que ir a ver a Granito.
— Ya regresé, Granito. ¿Quieres, comer?
— No, Romancito. Me trajo de comer tu tío hace rato. Gracias.
— ¿Vas a cenar?
— A lo mejor, pero yo me hago de comer, no te preocupes.
— ¿Verdad que estás bien fuerte y sana, Granito?
— Ay, hijo, qué cosas dices.
— ¿Tú me crees que la Salamandra no es mi novia?
— ¿Cuál Sandra?
— Salamandra, mi amiga.
— Pues si tú lo dices, yo te creo.
— Te quiero mucho, Granito.
— Ay, hijito. Nada más cuídate mucho.
— Siempre, Granito. Tú me cuidaste a mí siempre, ¿verdad?
— Siempre.
— Tú fuiste mi verdadera madre.
— No. Tú tienes a tu madre, ahí en el cielo, no la niegues.
— Pues sí, pero ni me acuerdo de ella. Tú me llevaste a la escuela. Tú me diste de comer, de vestir. Tú me llevabas al doctor.
— Ay, hijo.
— Gracias a ti tengo todo lo que tengo.
— Ay, ya cállate. ¡Qué cosas dices! Yo nada más quiero que seas feliz.
— Pues lo soy… o no sé.
— ¿Qué te falta? ¿Hijos? ¿Una esposa?
— No. Honestamente no. Si no soy feliz, me gustaría saber qué me falta. ¿A dónde vas, Granito? Estoy platicando contigo.
— A tapar a mis gorditos.
— Déjalo. Yo voy.
Fue cuando pasó lo que tenía
que pasar. Como dice Salamandra: “fue el destino”. Recuerdo que cuando salí al
patio había un escándalo en las jaulas, más que en la mañana. Fue raro porque
los canarios nunca se ponían así a esa hora. Pensé que se había metido un
animal a la casa, pero cuando revisé no había nadie. No me pareció un buen
augurio, como dijo Granito en la mañana.
Al alzar la vista noté cómo los
gordos se embestían contra la jaula. En algún punto uno de ellos se provocó una
herida. Pensé que se estaban peleando, pero al ver con cuidado noté que estaban
desesperados por escapar, como si hubiera algo dentro de la jaula a lo que le
temieran. Me puse muy ansioso y la saliva me empezó a saber amarga. Las manos
me chorreaban de sudor. Mi vista se oscurecía. Como si mi respiración
dependiera de ello, mi cuerpo me demandó correr a liberarlos y yo no puse
ninguna resistencia.
— ¿Qué haces, hijo?
— ¿No ves, Granito? Intento abrir la jaula.
— ¿Para qué haces eso, hijo?
— ¿No ves, Granito? Tengo que liberarlos.
— ¿Quién te mandó a hacer eso?
— Ellos mismos. Velos cómo están.
— ¿Qué va a pasar si los liberas?
— Van a ser felices.
— ¿Eso crees?
— ¡Obvio! Todos queremos ser libres para poder ser felices. Ellos nunca han estado en libertad.
— ¡Justo! ¿Cuánto crees que van a sobrevivir un par de pájaros que nunca han vivido fuera de su jaula?
— No lo sé.
— Se van a morir luego luego. Los va a atrapar un gato, se van a morir de hambre, no saben ni volar bien.
— ¡Tú cómo sabes!
— ¡Escuincle! ¡Yo soy tu abuela! Yo sé lo que te digo. ¡Suelta esa jaula ya!
Por un reflejo mi brazo
latigueó hacia atrás, mis ansias desaparecieron y volteé muy apenado a pedirle
perdón a mi abuela. Cubrí a los canarios con una manta y no dije una palabra en
toda la noche.
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