TECOLOTE
En una mañana ideal para cambiar
vidas, Salamandra y Grillo se arremolinaban con un puñado de personas en el
centro de una plaza pública. Los seres a su alrededor, desenfocados, pasaban
indiferentes casi a través de ellos, como si fueran dos alegres fantasmas
plantados en el concreto. Los recién conocidos elegían a sus posibles víctimas.
— ¿Ese?
— No.
— ¿Ese?
— Tampoco.
— ¿Ese?
— ¿En serio? ¡Obvio no!
— ¿Ese?
— Sí.
— ¿Segura?
— Que sí.
— Vamos.
Con nueve años recién
cumplidos y muchos sietes en su boleta, un niño cabizbajo descansaba su barbilla
sobre sus palmas, sus rodillas se clavaban en sus muslos, su coxis reposaba en
la banqueta y sus suelas acariciaban el pavimento. Las mil y un cosas que
pasaban por su cabeza sedujeron al equipo Grillomandra… o el equipo Salamandrillo…
Bueno, en realidad aún no tenían un nombre definido, pero prometieron que lo
pensarían.
— ¡Hey!... Te hablo. ¡Tú, niño! —Grillo abrió la conversación.
— ¿Uhm?
— ¡Sí! ¡Tú! Eres el elegido.
— ¿Yo por qué?
— Pregúntale al destino —apuntó poéticamente Salamandra.
— ¿Qué es el destino?
— Mi amiga tiene razón. Si no sabes qué es búscalo en el diccionario, pero ahorita no, ahorita es el momento de cambiar tu vida.
— Lléguenle de aquí.
— A ver. Tienes cara de que deseas algo en la vida. Algo que no te ha sucedido.
— ¿Verdad que sí lo tienes? —Con las manos en la cintura, Salamandra se inclinó para acercarse a la cara del niño, le abrió los ojos saltones e inclinó la cabeza para persuadirlo.
— Hazte para atrás. ¿Quiénes son ustedes?
— Mi nombre es Salamandra.
— Mi nombre es Grillo.
— ¡Qué feos nombres!
— ¿Tú cómo te llamas?
— Teodoro.
— Ja, ja, ja, ja, ja, ja.
— Ya, en serio.
— ¡Osh! ¡Me llamo Teodoro!
— Qué feo nombre. Te bautizo como Tecolote —decretó Salamandra.
— ¿Qué es eso? Yo no me quiero llamar así.
— Es un animal muy bonito y no te pedí permiso. Así te llamas ahora. Anda. Dinos: ¿qué deseas en la vida?
— ¿Si les digo me dejan en paz?
— Más o menos.
— Bueno. Deseo irme a mi casa a jugar GTA.
— ¡No! ¿Qué deseas conseguir que no tienes en tu vida? El GTA lo tienes en tu casa. Elige algo que no puedas conseguir en este momento —precisó Grillo.
— Uhm. Bueno, deseo encontrar a mi gatito Eutanasio.
— Ja, ja, ja, ja, ja, ja. “Eutanasio”.
— ¡No te rías del nombre de mi gato!
— ¡Uy! Qué sensible.
— El rabanito tiene razón, Grillo, no seas grosero.
— No soy un marranito.
— Dije rabanito. Como sea, Tecolote, lo siento mucho, mi amigo es un insensible, pero a mí me gusta el nombre de tu gato.
— Qué me importa.
— No te enojes. Mira, venimos en buen plan. Queremos hacer que las cosas sucedan. Hicimos que algo que no le había sucedido a Salamandra sucediera. Ahora queremos que algo te suceda a ti. No preguntes por qué a ti, ya te dijimos que es el destino, sólo te pedimos que confíes en nosotros y nos permitas ir en busca de tu Eutanasio.
— Hagan lo que quieran, locos. Eutanasio se perdió hace medio año. No lo van a encontrar. Ha de estar muerto. Yo ya me voy a mi casa.
— Si quieres vete a tu casa, pero te prometemos que lo vamos a encontrar; pásanos tu dirección y lo llevamos hasta tu puerta.
— No voy a pasarte mi dirección, loca.
— Bueno, entonces te vemos en esta plaza mañana a esta hora —Grillo abrió la negociación.
— No quiero venir.
— ¡Ándale! Y te compramos un helado, un beso de ángel —la puja de Salamandra era más ambiciosa.
— El helado es para gais.
— ¡Cómo va a ser para gais! —Se pitorreó Grillo.
— Mejor cómprenme unas papas con chile.
— La botana masculina por excelencia. —Salamandra alimentó la pitorreada— Hecho, Tecolote. Si vienes mañana a esta hora te compramos tus papas con chile y te devolvemos a Eutanasio.
— ¡Ash! Pues ya qué. Mañana nos vemos.
Ambos amigos sobaron la cabeza
del pequeño como si fuera una mascota y le sonrieron antes de emprender su
arriesgada misión.
Encontrar un gato en la ciudad
no era cosa fácil. Antes de marcharse, Tecolote les envió una foto del
desaparecido y les hizo una breve descripción de sus rasgos más significativos:
mediano, pelaje blanco y una mancha en el ojo derecho, como si le
hubieran dado un derechazo.
La misión se puso en marcha
cuanto antes.
— ¿Te parece bien si nos dividimos?
— Estaba pensando lo mismo. ¿Tienes algún plan?
— Eh…
— ¿Eh…?
— Eh…
— Algo se nos ocurrirá.
— Estaba pensando lo mismo. Sigamos en contacto.
— Oki.
Grillo a la derecha,
Salamandra a la izquierda. Una tarea de tal envergadura ahora estaba en manos
de dos personas que no sabían hacer una división sin usar una calculadora.
Salamandra pegó carteles en
las calles con la foto del felino, pasaron más de 10 minutos y nadie llamó para
ofrecer informes. Se desesperó. Grillo siguió un camino de excremento que había
dejado un animal; cuando buscó en Internet imágenes de heces de perro y de gato
entendió que estaba siguiendo el rastro equivocado. Salamandra preguntó a los
gatos de la cuadra si habían visto al desaparecido, pero todos la ignoraron.
Grillo entrevistó a un veterinario para saber cuáles son los 10 lugares más
visitados por mascotas perdidas, lamentablemente se le invitó a salir de la
veterinaria con hostilidad.
Una hora después hicieron una
reunión de emergencia
— Esto no está funcionando.
— ¿Te rindes?
— ¡Nunca!
— Entonces tendremos que dar más de nosotros mismos.
— ¡Puf! —Grillo infló los cachetes para expulsar aire y se limpió el sudor de la frente.
— No te veo motivado.
— No, lo estoy, sólo que nunca he dado más de mí mismo.
— Ya sé. Yo también estoy acostumbrada a dar el mínimo.
— Pero dando sólo el mínimo no haremos que las cosas sucedan, ¿cierto?
— Cierto.
— ¿Lista para dar el máximo?
— Espérate. Todavía es muy pronto. Demos un extra arriba del mínimo.
— Dale.
Chocaron las palmas haciendo
que el hueco entre ambas emitiera un sonido satisfactorio. Se miraron a los ojos
con destellos de rudeza. Juntaron sus cabezas como dos boxeadores en una
ceremonia de pesaje. Se dieron dos palmadas escandalosas en los hombros y
salieron con renovados bríos a encontrar a Eutanasio.
La nueva idea de Salamandra
fue la siguiente: poner comida para gatos en un plato y dejarlo en una banqueta
cercana a la plaza. Se comprometió a monitorear el área por si algún felino con
las características del desaparecido se acercaba.
La idea de Grillo giraba en
torno a la reconciliación: ofrecería disculpas al veterinario y le pediría
informes sobre los gatos que han llevado a consulta en los últimos seis meses.
A ellos les parecieron
excelentes ideas, sin embargo…
A los pocos minutos, el plato que
puso Salamandra se infestó con una pandilla de mininos callejeros que
comenzaron a disputarse el contenido hiriéndose mutuamente. Poco tiempo después
llegó una jauría de perros a violentar a la pandilla rival. Entre mordidas,
maullidos y apareamientos espontáneos, Salamandra tuvo que huir hacia una
miscelánea para salvaguardar su integridad.
Ya sin la hostilidad, pero con
mucha condescendencia, el veterinario le explicó a Grillo la cantidad de gatos
que revisa en un día. Recordar justo al que estaba buscando el chico implicaba
un esfuerzo al que su memoria no se quería someter.
El extra no sirvió de mucho.
— ¿Ya el máximo?
— No. Demos otro extra —contestó Salamandra entre jadeos y lagrimeos.
El nuevo plan de la señorita
consistía en buscar un refugio para animales callejeros e investigar si
recientemente habían visto a un bicho similar al de Tecolote; mientras que el
señorito se embarcó en la misión de ingresar en los buscadores de redes
sociales la palabra adopción y sus derivadas, filtró las publicaciones por
fechas recientes y les dio preferencia a las que tenían imágenes. Dichas
maniobras les llevaron 3 horas, sin embargo, dado que ambas parecían ideas más
sensatas, pusieron todo el empeño hasta obtener, aunque sea, una pista y la
pista se manifestó al sentirse pretendida.
Con la oscuridad devorando las
calles, un exhausto Grillo vio las fotos de un cachorro algo ordinario, pero
con un diferenciador llamativo: tenía una mancha negra en el ojo derecho,
aunque el pelaje del cachorro era más marrón que el blanco de queso panela del
extraviado.
Con las tripas rugiendo a
decibeles vergonzosos, Salamandra fue informada acerca de un cachorrito que se
acercó al refugio la semana pasada, el cual tenía una peculiar manchita en el
ojito derecho y que despreció toda la comida que le ofrecieron, excepto las
salchichas de pavo que habitaban en el refri de la encargada del refugio.
Cuando el equipo notó la
coincidencia de sus hallazgos, pudieron decir satisfechos que ahora tenían una
pista. ¿Cuánto tardarían en lograr su objetivo a partir de ese punto? Todo
dependía de cuántos esfuerzos estaban dispuestos a dar. “
— Grillo…
— Lo sé.
— ¿Ahora sí el máximo?
— Pues lo que nos alcance de aquí a mañana.
Grillo contactó al responsable
de la publicación del cachorro y Salamandra fue dejando pedazos de salchicha desde
el refugio hasta un terreno baldío que se encontraba un kilómetro adelante. El dueño
de la publicación comentó que no había recogido a la pequeña bestia, sólo le
tomó una foto y publicó su localización: a un kilómetro del refugio donde
estaba Salamandra; sin pensarlo, Grillo salió disparado hacia allá.
Salamandra notó que algunos
trozos de salchicha habían desaparecido justo cuando entró al terreno baldío,
su compañero se apresuraba hacia el lugar con la ilusión brotando de sus ojos.
Un ruido entre la maleza. Grillo resbalando en la banqueta. Salamandra mirando
por encima de su hombro, un depredador acechándola de cerca. Grillo esquivando
puestos ambulantes, su amiga tintineando los dientes al descubrir al
depredador. Grillo se acercaba, pero no llegaba. El depredador se acercaba,
pero no atacaba. Salamandra se alejaba, pero no huía. Grillo llegaba al
terreno, pero resbalaba. El depredador se abalanzaba, pero era capturado.
Salamandra atrapaba a la bestia, pero era derribada. Y salchichas entreras fueron
destazadas con brutalidad frente a los ojos de la chica.
Ella en el suelo, él de pie y
en medio una tierna bola de pelo empachada tras devorar las 10 piezas de carne que
quedaban en el paquete. La bola se recostó, agotada, con los ojos
entrecerrados, la respiración cansada y la lengua de fuera.
— ¿Lo cargamos ya?
— Déjalo que repose.
— No es Eutanasio, pero, ¿crees que pudiera ser…?
— Voltea, con mucho, mucho cuidado hacia tu izquierda.
Al tiempo que la cabeza de
Grillo giraba, dos figurillas ronroneaban sobre la maleza. Sus cuellos danzaban
alternadamente sobre el aire, sus garras, con un dejo de elegancia, trazaban
zarpazos en las hierbas como pinceladas sobre el lienzo. Al notar la presencia
del señorito que las contemplaba, apuntaron sus centelleantes ojos dorados
hacia él. El impacto de las miradas casi lo derriba, pero su amiga se paró
justo detrás de él para contenerlo.
— Tiene una mancha en el ojo derecho.
— Sí, y una novia a su lado. Pero mira, hay más.
La muchacha se acercó con
cuidado hacia las dos figurillas. En otras circunstancias hubieran huido, pero
aferraron sus garras a la tierra como un árbol expandiendo sus raíces.
Salamandra recogió una rama
larga. Tomando su distancia, la utilizó para levantar unas cuantas hojas secas
que se posaban delante de las figurillas. Los ojos de Grillo se abrieron con
alegría al notar el tesoro que escondía el conjunto de hojas quebradas: eran 5
chachorritos indefensos tiritando frente a las patas de sus padres. Para
demostrar sus buenas intenciones, Salamandra llevó a la empachada bola de pelo
de vuelta con su familia. Los padres le agradecieron como sólo su naturaleza se
los permite: con absoluta indiferencia.
— Así que Eutanasio no andaba muerto, andaba de cogelón.
— Cállate.
Varias horas después, con el Sol
sembrando cáncer de piel en algunos incautos, Tecolote cumplía su palabra de asistir
a la plaza pública. El equipo aún sin nombre lo esperaba en el punto de
encuentro con las manos vacías. El niño levantó la ceja de la desconfianza.
— Ya sabía que no lo iban a encontrar, ¿para eso me hicieron venir?
— ¿Quién dijo que no lo encontramos? Toma tus papas.
— Tienen poco chile.
— ¡Casi le vacían la botella de salsa!
— Le falta.
— Y a ti te falta darnos las gracias por encontrar esto —Grillo le plantó la pantalla de su celular en la cara.
— No veo. Está muy cerca… Ah, así está mejor… ¡Eutanasio! ¿Está vivo?
— Vivito y coleando… y cogiendo.
— ¿Tiene una familia?
— Sí. Pásame tu Whats y te mando la ubicación. No lo quisimos cargar en contra de su voluntad. Es mejor que tú lo busques y le preguntes si quiere volver contigo, aunque probablemente tendrás que llevarte a su gatúbela y a sus 6 crías.
— No creí que lo hicieran.
— Te faltó fe en este equipo triunfador.
Tecolote lloraba salpicando la
pantalla del celular de Grillo. Llevaba mucho tiempo sin sentirse feliz;
incluso olvidó que sus papas tenían poco chile. Abrazó a los dos muchachos y
les invitó unas de sus papas aguadas. Ambos celebraron salivando por lo
enchilado de la botana.
Cuando Grillo y Salamandra se abrazaban
para despedirse después de otra victoria conseguida, una especie de sentido
arácnido puso en alerta a la chica, que volteó hacia un punto lejano. Su mirada
atravesó una veintena de cuerpos para clavarse sobre su objetivo: una presencia
chismosa que intentaba retratar a ambos amigos con un celular.
Salamandra inició una persecución
que no duró mucho debido a la nula condición física de la presencia chismosa,
la cual se detuvo a respirar por la boca después de correr 10 metros. La
muchacha la tomó del cuello de la camisa y le recriminó con violencia:
— ¿Por qué nos estás tomando fotos?
— No, yo estoy viendo mi celular.
— Salamandra, ¡qué pedo!, ¿quién es este señor?, ¿qué te hizo?
— Éste es un pinche pajarito chismoso que le gusta decirles mentiras a las mamás.
La ofendida tiró un largo
puñetazo que le sacó ligeras cantidades de sangre a la boca del pajarito, pero
no la sangre suficiente para reponer la que su madre le había sacado a ella una
semana atrás.
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