SALAMANDRA
“¡CRISTAL!”.
Hoy es un día perfecto, ¡para
mandar todo al demonio!
Nadie va a planchar tus
estúpidas camisas, Mauricio. Nadie te va a hacer el maldito desayuno, Ismael.
Nadie le va a dar de comer al colaapestosa de tu conejo, Rigoberto.
“¡CRISTAAAAAALLLL!”.
Llegaré tarde, a la clase, sin
tarea, sin el libro, apestando a cigarro, sin pedir permiso para entrar. Hoy me
siento decidida a no darle gusto a nadie.
“¡CRISTAL! ¿ESTÁS SORDA? ¿POR
QUÉ NO CONTESTAS, NIÑA?”.
Mis hermanos, mi papá (si es
que sigue vivo), los policías, los maestros, los prefectos… A todos. Si se me
presenta la oportunidad les voy a pintar el dedo en la cara a todos, en
especial a una persona.
“¡CHINGADA MADRE, CRISTAL! ¿ME
VAS A CONTESTAR O NO?”
A mi mamá.
Repentinamente se abrió la
puerta de un golpe, como si la hubieran pateado. Me asusté tanto que se me
salió un aullido. Me puse más pálida de lo normal y los vellos erizos se
engarzaron a mi suéter. Era mi mamá furiosa dispuesta a arrancarme la respuesta
que le había negado durante los últimos 10 minutos.
Cuando el miedo se apodera de
ti normalmente tu cuerpo reacciona de dos formas: o se paraliza o te impulsa a
hacer algo estúpido; en este caso mi cuerpo optó por la segunda opción.
Corrí hacia la puerta sin
voltear a ver a mi mamá y logré escapar de la casa antes de que me agarrara de
las greñas; sin embargo, cuando ya estaba llegando a la puerta del edificio
alcancé a escuchar algo que me dejó espefecta, estupe, espetufacta, espe… ¡Eso!
“¡Pinche chamaca! ¡Vas a ver
cuando regreses! Ya me dijeron lo que hiciste la semana pasada”.
Me quedé congelada frente al
portero, que me miraba con lástima. Coloqué la palma de mi mano sobre mi
suéter, justo a la altura donde estaba mi tatuaje, lo aprisioné con mis dedos.
Temía por mi vida. Sabía que ella sabía mi secreto. No miré atrás, simplemente
salí del edificio mientras notas fúnebres hacían eco en mi cabeza.
Ráfagas grisáceas con manchas
verdes pasaron al lado de mí durante 15 minutos y de pronto ya estaba frente a
la puerta de la escuela, pero la energía que tuve al despertar ya no era la
misma.
No se me antojó un cigarro.
Llegué temprano a la clase. Saludé tímidamente al profe y me senté junto a
Carolina.
— ¿Quién se murió?
— ¿Eh?
— Parece que vienes de un velorio.
— Sí, vengo de un futuro velorio: el mío.
— Mamona.
Después de 20 blablablahs del
profe el tatuaje me empezó a arder y el ardor me traspasó la piel. Sentía cómo
mi hueso se carbonizaba lentamente. Me mordí tan fuerte el labio que la saliva
comenzó a saberme a metal. Otra vez el miedo me impulsó a hacer algo estúpido.
— ¡Ey! ¡Ey! ¡Ey! Señorita Buendía, ¿a dónde va?
— … Huevos, profe.
Marchaba con rapidez hacia el
baño mientras escuchaba detrás de mí, en coro, un “¡uuuuhhhh!” poderoso de mis
compañeros. No tenía tiempo de lamentarme. Lo hecho hecho está y echada estoy a
mi suerte. No volví a la clase. Caro me llevó mi mochila a la hora de la
salida.
— Hoy te levantaste con ganas de meterte en pedos, ¿verdad?
— Es muy tarde para lamentarme.
— Mamona.
¿De qué otra forma podría dilatar
el regreso a mi casa? Me pasé una hora en la tienda de discos mirándome en los
espejos de las paredes. La mordida de mi labio estaba negra. Mi piel pálida parecía
una nata. Mi cabeza deshojaba cabellos oxigenados sobre mis hombros. Después,
otra hora sentada en los columpios. Las mamás de los niños me veían feo, pero
no podía dejar de balancearme. Necesitaba que mis niveles de estrés disminuyeran.
Crucé 20 veces el pasamanos para que el ardor del tatuaje se disolviera. Me
tiré de panza sobre la resbaladilla ardiente para matar las mariposas
revoloteadoras dentro de mí.
Eran las 7 de la noche.
¿Volvía a casa o no volvía? De haber sido más liviana me habría dejado llevar
por el viento. Volteé los ojos al cielo y dejé que mis pies se deslizaran
solos, como si tuviera puestos los patines de la rana de mi tatuaje. Supongo
que la memoria muscular me condujo a mi casa. El destino era cruel, pero habría
de enfrentarlo. O me corrían o me mataban o me pegaban o me castigaban;
cualquiera de las consecuencias era más tolerable si miraba lo bien que se veía
mi tatuaje.
Cuando bajé la vista para
mirar la entrada del edificio me encontré con un figurilla muy singular: un
bofo chamaquito apiñonado con la barba despoblada, la barriga desbordada y un
penetrante olor a incienso que transpiraba por su piel; era mi nuevo amigo el
Grillo.
— Holi, holi, Grillo.
— Quehúbolas, Salamandra.
— Hueles a incienso.
— ¿Cómo se ve tu tatuaje?
— Pensé que no darías con mi casa.
— Se me antojó un helado.
— Hoy le dije “huevos” a un maestro.
— Pero ya no un beso de ángel, porque me empalaga.
— No paso de esta noche. Mi mamá me va a matar.
— ¿Cuándo vamos a las rampas?
— Cuando quieras.
— Ya no soy el mismo desde entonces.
— ¿Desde las rampas?
— Desde tu tatuaje.
— Ah.
— Me di cuenta de algo.
— Ah.
— Tengo una nueva misión en la vida: hacer que las cosas sucedan.
— Ah.
— Tú fuiste el experimento y fue exitoso. Imagínate lo que podríamos lograr si lo seguimos haciendo.
— ¿Con quién?
— Con otras personas, con nosotros mismos, con quien sea que lo necesite.
— Me gusta.
— Hacer…
— Que las cosas…
— Sucedan.
— Me gusta.
— Veo que estás a bordo.
— Cuenta conmigo, gordo.
— Ja.
— Jum.
— ¿Cuándo empezamos?
— Cuando quieras. Me mandas Whats.
— Bye.
— Ciaocito.
“Hacer que las cosas sucedan”.
Sacó 1000 pesos de su bolsa y yo logré hacerme el tatuaje que tanto deseaba. Hizo
que las cosas sucedieran. Los dos lo hicimos. Meditaba sobre eso mientras subía
la escalara. Pensaba en si yo también había encontrado una nueva misión en mi
vida. Tan reflexiva estaba que me olvidé del regaño de mamá, pero al abrir la
puerta el rodillo golpeando su palma me lo recordó instantáneamente.
— ¡Ah! Es verdad, que me estabas esperando.
— Ya te sientes muy grandecita, ¿no?
— No.
— Muy madura la niña, ¿no?
— La verdad no.
— Para andar haciendo cosas de adulto.
— Ya te dije que no.
— ¡Cállate! No me contestes. ¿Quiero que me digas en que fallé?
— Mamá, no lo lleves hacia ese lado. Sólo mátame y ya. Estoy hecha a la idea.
— Si yo te di todo.
— Aquí vamos de nuevo…
— Y así me pagas.
— Mami, sólo fue un ta…
— ¿Un beso?
— ¿De ángel?
— Conque se llama Ángel.
— ¿Quién se llama Ángel?
— ¡No te hagas la cínica!
— Mamá, no te estoy entendiendo.
— ¡Ya te crees muy madura para andar de noviecita!
— ¿Qué? ¡No! ¿Con quién?
— ¡No me mientas, Cristal! ¡No me mientas! Que te vieron la semana pasada.
— ¿Quién? ¿En dónde?
— Respóndeme: sí o no, ¿estás embarazada?
— ¡Qué! ¡Obvio no!
— Andas de novia con un chamaco. Te vieron saliendo de un lugar con un chamaco. ¿Era un hotel?
— No era un hotel, era un estudio… ¡Un estudio de música! ¡Eso!
— Mírame a los ojos, Cristal.
— Mamá, déjame en paz. Te juro que ese chavo es mi amigo. Lo acabo de conocer. No pasó nada.
— ¿Qué vas a hacer si te embarazas? ¡Estás muy mensa para ser madre!
— Mamá, a ver, dime qué te dijeron y quién te lo dijo.
— Se dice el pecado, mas no el pecador.
— Mamá.
— Un pajarito me lo dijo.
— Ah, pues pinche pajarito chismoso, a la próxima que lo vea lo voy a hacer cantar, vas a ver.
Un bofetón a mi cachete y otra
vez el sabor a metal picando en mi lengua y la sangre goteando de mis labios,
pero esta vez me dejó una gran satisfacción.
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